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domingo, 22 de diciembre de 2013
Soltería 101 - Capítulo 17 - 22 de Diciembre
Durante años esta fecha ha sido muy importante para mí. Un día como hoy, hace 31 años, nació ella, mi ex. Desde 2004 que la cercanía de la Navidad significaba más que sólo eso. Diciembre tenía un sentido mucho más profundo: el cumpleaños de mi ex más sus correspondientes regalos para el 22 y el 25, el Año Nuevo y, al mismo tiempo, la celebración de nuestro aniversario el 1 de Enero. Sí, este mes era muy especial.
Pero todo en la vida cambia, incluso las cosas más importantes. En mi caso, el cambio lo generé yo aquel 19 de Septiembre, hace ya 1 año y 3 meses, cuándo le puse fin a nuestra relación. Pero, pese a ese término, me pareció correcto escribirle para su cumpleaños en 2012. Hacía no mucho tiempo que habíamos cortado la poca comunicación que tuvimos y, por lo mismo, sentí que lo más indicado para esta fecha era hacer lo que ya había hecho durante los años anteriores. Saludarla no tenía nada de malo. De hecho, más que una obligación, lo sentí como algo natural.
Ya ha transcurrido un año de eso y ahora de natural no tiene nada. En Junio, en una fiesta, por fin tuve la oportunidad de hablar con la novia de uno de mis mejores amigos, quien es, a su vez, su mejor amiga. Pese a que ya la había visto varias veces desde que terminamos, cada vez que le preguntaba por mi ex, ella se negaba a darme cualquier tipo de información. Esta vez, quizás con la ayuda del alcohol o de mi insistencia, su amiga soltó algo. “Ella lo ha pasado muy mal, ha sufrido mucho, pero ya por fin ha salido adelante. Eso sí, no se te ocurra volver a buscarla. Déjala tranquila.” Es todo lo que necesitaba saber. O eso pensaba.
En verdad no le dí muchas más vueltas al asunto. Un par de días después comenzó mi romance escandinavo y, bueno, toda la debacle que ha significado para mi vida. Sin embargo, ahora que las aguas se han calmado y las cosas por fin están más tranquilas, he vuelto a pensar en ella, en su día.
Terminar mi relación de casi 9 años ha sido una de las peores experiencias que he vivido. Hacerle daño a la persona más importante de mi mundo en ese momento fue un hecho que durante meses me hizo sentir una mierda humana. La culpa era insoportable. Cada vez que pensaba en ella, incluso el recuerdo más insignificante, me hacía recordar aquellas 3 horas de llanto y sufrimiento en la cama que, hasta ese día, compartíamos. Casi como una especie de instinto de supervivencia, mi mente la bloqueó. Y aún así, pese a ese bloqueo, su persona siguió causando un gran miedo en mi cabeza. Tenía terror a encontrármela en la calle o dónde fuera. Sólo imaginarme esa incómoda situación me ponía la piel de gallina.
Pero el tiempo ha pasado rápido y mi vida ha cambiado radicalmente. Reconstruí cada aspecto de ésta desde las ruinas de mi existencia anterior. Me hice de nuevos amigos y fortalecí mis círculos sociales y familiares. Reafirmé la confianza en mí mismo y mi autoestima al superar obstáculos de todo tipo, incluyendo una reciente vivencia cercana a la muerte. Coqueteé, seduje, amé y me rompieron el corazón; osea, toda la gama que podría experimentar en el terreno sentimental. Quedé en la bancarrota, gané dinero y volví a quedar quebrado; una montaña rusa financiera. En fin, un giro en 180 grados con respecto a lo que tenía antes, y todo esto en 15 meses.
“No se te ocurra volver a buscarla. Déjala tranquila.” Las palabras de la mejor amiga de mi ex resuenan en mi cabeza. Había pensado en escribirle para felicitarla por cumplir 31 el día de hoy, pero ¿qué significaría eso para ella? ¿Le haría bien? Es muy posible que mi saludo le provoque más emociones negativas que positivas. Y, aunque me cause mucha curiosidad saber cómo está y qué ha sido de ella durante todo este tiempo que llevamos separados, prefiero tomar la advertencia que me hizo su amiga. No quiero entrometerme en su “Soltería 101.”
martes, 5 de noviembre de 2013
Soltería 101 - Capítulo 16 - La ironía del copiloto
Mi mejor amigo terminó con su novia hace unos pocos días y tengo emociones mezcladas. Por un lado, siempre lo envidié. Desde que somos amigos, él estuvo constantemente rodeado de chicas y su suerte con ellas era indiscutible. Tanto hacía honor a su reputación que cada vez que nos reuníamos entre los demás amigos del grupo, con nuestras respectivas novias, él siempre llegaba con una chica distinta. Eso hacía que mi ex viera mucho riesgo en nuestra amistad; él era “una muy mala influencia”. Ella nunca vio con buenos ojos que me juntara con él. Yo, por la misma razón, en mi interior me decía que lo primero que haría una vez que volviera a ser soltero sería salir de fiesta con él. Pero, para mi mala suerte, cuando yo terminé él estaba comprometido y muy enamorado.
Por otro lado, el que mi compadre haya estado en pareja durante todo este período de soltería ha sido una ventaja. Este tiempo estuve completamente solo. Solo en la jungla, en el Mercado de Carne, en Buenos Aires, Santiago y Sao Paulo. Solo enfrentando al patchwork, vikingas y otras féminas. Eduardo, solo contra el mundo, en riqueza y pobreza, felicidad y depresión, éxito y fracaso. Así fue que sobreviví, pese a todo, y lo hice bien, sin necesidad de tener a mi amigo a mi lado, de copiloto. Una misión que al principio consideré imposible, pero que con el pasar de los meses pude cumplir y salir airoso de ella. Pero ahora que él está soltero también, ¿qué?
Desde que mi amigo terminó he pasado todos los días con él. Lo he acompañado, cerveza en mano, durante seis jornadas. Me aseguré de invitarlo a las tres fiestas de Halloween que tuve y de presentarle a mis amigos y conocidos. Básicamente, estoy tratando de integrarlo a mi nuevo mundo, a mi círculo social construido con esfuerzo durante los últimos 14 meses. Irónicamente, estoy cumpliendo la tarea que siempre pensé que él tendría una vez que yo le pusiera fin a mi relación. ¡El mundo al revés!
Todo esto se siente bien y mal al mismo tiempo. Para él, terminó una relación. Para mí, se acabó una era. De ninguna forma detesto que mi mejor amigo pase a formar parte de mi soltería. De hecho, puede ser de gran ayuda ahora que por fin he logrado superar por completo mi corta, pero fulminante relación anterior. Pero no puedo evitar pensar que ya no será lo mismo. Ya no soy el hombre débil y sin experiencia que necesitaba ayuda para acercarse a una dama. Las cosas han cambiado, y bastante. ¿Necesito aún un copiloto?
No sé si tenga mucho que ver con todo lo anterior, pero ayer hablé con la ex de mi compadre. Ella me cae muy bien, fue la primera mujer con la que tuve la oportunidad de conversar tras apenas una semana de haber terminado. Esta vez quise regresarle el favor. Entre toda la conversación, ella mencionó el nombre de la vikinga, tratando de explicarme lo que sentía en ese momento. Un rato después, camino al gimnasio, recordé lo que me dijo y al personaje en cuestión. “Mierda, gracias por recordármela” pensé con rabia, pero luego sonreí. Ya tenía alguien de quien acordarme con nostalgia, que es algo que nunca sospeche que tendría un año atrás.
Creo que, luego de recordar este episodio, es fácil darme cuenta de que no necesito un copiloto. A decir verdad, es más probable que mi copiloto me necesite a mí. Porque, ¿a quién no le gustaría tenerme a su lado con toda la experiencia que he adquirido en los insondables recovecos de la soltería?
lunes, 14 de octubre de 2013
Soltería 101 - Capítulo 15 – Corriendo por la vida
Siempre fui un holgazán cuando se trató de hacer deporte. Mi cuerpo de 1,75 mts de estatura y 63 kilos de peso no conocía de ejercicio ni actividad física; siempre fui flaco y ya había aceptado mi condición. Eso hasta que me aburrí de perder el aliento al subir 3 pisos por las escaleras o correr tras el bus por media cuadra. Compré un buen par de zapatillas y salí a correr. Me lesioné por no estar preparado, pero no me detuve ahí. Algunos meses después me inscribí en un gimnasio, motivado por mi ex. No he parado de ir en más de un año y medio, incluso luego de terminar con ella.
Entusiasmado con mi nuevo estado físico y mi excelente resistencia, decidí llevar mi práctica deportiva más allá del gimnasio. Comencé a correr con mi hermano una vez a la semana, e incluso participé en una corrida de 10 kilómetros por Santiago. Todo esto hasta que mis rodillas no resistieron y tuve que parar por un tiempo. Y, luego de ese tiempo, no eran precisamente las rodillas lo que se me agotó. Apareció la vikinga y drenó todas mis energías con su pasión escandinava.
De vuelta en Santiago, tras esa mágica semana en Buenos Aires, estaba destrozado. Mi corazón no bombeaba sangre, sino lágrimas. Apenas podía comer o dormir, sólo podía pensar en mi bella amante nórdica. Entonces llegó mi salvación: correr. Aquella actividad que había dejado relegada a simplemente un recuerdo fue y sigue siendo uno de mis mayores soportes. Pero no es el deporte en sí mismo, es el nuevo enfoque que tomó para mí lo que me ayuda.
J, la chica que propició la serie de eventos que desencadenaron en mi fulminante relación con la vikinga, me llevó también a descubrir el Hash y así, mi nueva vida. Porque el Hash no es sólo un grupo de gringos y unos pocos chilenos que se juntan Sábado por medio correr por algún lugar de Santiago o sus alrededores. No, es mucho más que eso. Según su propio lema “it's a drinking club with a running problem” (es un club para beber con un problema de correr). Porque el deporte es sólo una excusa para luego beber sin culpas y pasar un buen rato con los integrantes del grupo, alrededor de una buena parrilla y mucha cerveza.
Ya van 6 veces que he asistido a esta maravillosa actividad. Luego de la quinta vez fui bautizado con un nombre de connotación sexual, que es lo que se estila en este grupo. Dejé de ser Eduardo y me convertí en Veni V.D. Vici (una modificación de un dicho en latín y que, en inglés, da a entender que tengo una enfermedad venérea -V.D.-). Desde ese momento pasé a formar parte del Hash y les puedo decir que es simplemente genial.
Hace un tiempo, creo que antes de empezar a correr, leí un artículo sobre cómo este deporte se convirtió en una moda que llegó a Chile hace unos años. Ahí señalaban que la mayoría de los nuevos corredores eran hombres de mediana edad, que más que por su estado físico, salían cada tarde o mañana a correr para huir de sus problemas. ¿De qué estoy huyendo yo? De muchos fantasmas, creo. Sin embargo, tengo fe. Corriendo por la vida he logrado escapar de ellos. Estoy seguro que cuando me detenga ya se habrán cansado de perseguirme.
Algunas de mis imágenes en el Hash (soy el flaco de camiseta Adidas gris):
Bautizo: de Eduardo a Veni V.D. Vici
Hash #134: Don't Mess with Texas hash
Más info en http://santiagohashhouseharriers.blogspot.com/
miércoles, 25 de septiembre de 2013
Soltería 101 - Capítulo 14 - Revelación
Venía de regreso de dar un paseo en bicicleta por un hermoso Santiago de cielos despejados y cordillera nevada, cuando me golpeó. Fue como la manzana que le cayó en la cabeza a Newton y lo inspiró para crear la Ley de Gravedad. Mi descubrimiento no fue tan trascendental para la raza humana, pero sí una gran revelación para superar de una buena vez mi depresión post-vikinga.
Sacando cuentas, me dí cuenta que he sufrido por ella más tiempo del que estuvimos juntos, y eso sin sumarle además el tiempo que sufrí mientras estuvo en Chile. Por lo mismo, considerando que no soy un puto masoquista, decidí hacer algo al respecto. Basta de lloriqueo y pena, el duelo se acabó. Dejé en ese preciso instante el luto y salí del cementerio del dolor.
Tímidamente volví al mercado, cubriendo mis heridas con un traje de latin lover. Llevo pocos días de esto como para tener algo interesante que contar aún, pero creo que las cosas se ven muy interesantes a futuro. Por fin el Invierno se acabó y el sol ilumina mi mundo y calienta mi corazón. La Primavera ha llegado a mi vida y puedo sentir el olor de las flores inundando el aire. No es necesario mentirles: estoy aterrado. Esta estación del año se presta para el amor, pero luego de mi última experiencia, este sentimiento me llena de miedo.
El amor es adictivo. Enamorarse es entrar en un estado de felicidad y alegría que ninguna droga te puede dar. Pero cuando todo se acaba, ¡mierda!, sólo el Apocalipsis se compara a tal desastre. Es por esta razón que mi regreso a las pistas será con mucha más cautela. De ninguna manera me cierro a la posibilidad de enamorarme, soy un hombre muy flexible en ese sentido. Ahora, quiero que esta vez el sentimiento se vaya construyendo más lentamente, con cuidado. Porque el amor no nace, se hace. Y créanme cuando les digo que yo soy muy, pero muy bueno para hacer el amor.
Sacando cuentas, me dí cuenta que he sufrido por ella más tiempo del que estuvimos juntos, y eso sin sumarle además el tiempo que sufrí mientras estuvo en Chile. Por lo mismo, considerando que no soy un puto masoquista, decidí hacer algo al respecto. Basta de lloriqueo y pena, el duelo se acabó. Dejé en ese preciso instante el luto y salí del cementerio del dolor.
Tímidamente volví al mercado, cubriendo mis heridas con un traje de latin lover. Llevo pocos días de esto como para tener algo interesante que contar aún, pero creo que las cosas se ven muy interesantes a futuro. Por fin el Invierno se acabó y el sol ilumina mi mundo y calienta mi corazón. La Primavera ha llegado a mi vida y puedo sentir el olor de las flores inundando el aire. No es necesario mentirles: estoy aterrado. Esta estación del año se presta para el amor, pero luego de mi última experiencia, este sentimiento me llena de miedo.
El amor es adictivo. Enamorarse es entrar en un estado de felicidad y alegría que ninguna droga te puede dar. Pero cuando todo se acaba, ¡mierda!, sólo el Apocalipsis se compara a tal desastre. Es por esta razón que mi regreso a las pistas será con mucha más cautela. De ninguna manera me cierro a la posibilidad de enamorarme, soy un hombre muy flexible en ese sentido. Ahora, quiero que esta vez el sentimiento se vaya construyendo más lentamente, con cuidado. Porque el amor no nace, se hace. Y créanme cuando les digo que yo soy muy, pero muy bueno para hacer el amor.
jueves, 19 de septiembre de 2013
Soltería 101 - Capítulo 13 - Aniversario
Hoy se cumple el aniversario de mi ruptura. Este día, hace exactamente un año, tomé la decisión más difícil y dolorosa de mi vida. Las peores tres horas que he vivido comenzaron a gestarse más o menos a esta misma hora. Sin darle espacio a la duda ni al arrepentimiento de último minuto, destrocé sin piedad el corazón de quién hasta ese entonces fue la persona más importante de mi vida, la única a la que había amado. Entre lágrimas y un dolor emocional que llegaba a doler físicamente, nos abrazamos fuerte en la cama que nos cobijó por años y nos despedimos sin mirar atrás. Nunca más volví a verla.
Mientras vivía el horror de hacer sufrir a mi ser más querido, le rogaba a Dios estar tomando la decisión correcta. Desesperado, trataba salirme mentalmente de ese momento, pensando en cómo me gustaría que ya hubiera pasado un año de esta tragedia y que esa escena macabra que estaba viviendo fuera sólo un recuerdo difuso. Por suerte, ahora lo es. Con 365 días de distancia el recuerdo sigue siendo doloroso, pero ahora ya es eso, sólo un recuerdo.
Después de todo este tiempo y el daño que tuve que causar para cambiar mi vida, surge la gran incógnita: ¿valió la pena? Creo que sí. Terminar cumplió el objetivo que yo tenía, que distaba de las típicas razones superficiales que muchos tienen para hacerlo, como es el querer estar con otra persona o meterse con quién quieran. Para mí el fin tuvo un propósito mucho más importante, que era encontrarme a mí mismo a través de experiencias y situaciones que no podía vivir si no estaba soltero. De eso tuve mucho en el último año.
Cuando pienso en todo lo que he hecho desde que terminé, me cuesta creerlo. El ejemplo más claro de este enorme cambio lo refleja mi cuenta de Facebook. Ahí, antes del quiebre, tenía menos de 30 “amigos”, de los cuales tuve que eliminar a la mitad luego de aquel día. Ahora, hace menos de una semana, llegué a más de 100 contactos. Por superficial que se vea, para mí es un logro haber llegado a conocer a más de 80 personas nuevas, entre las que he hecho muy buenos amigos. Este cambio social se suma a todos los otros cambios que he experimentado, de los cuáles el más importante ocurrió hace poco.
Con 8 meses y medio de soltería en el cuerpo, tras casi nueve años de una relación que no terminó bien, lo que menos buscaba era el amor. Primero, porque quería vivir la “vida loca” de soltero, y segundo y más importante, porque no creía en él. Pero claro, no tenía idea lo que el destino me tenía preparado, y cuando lo tuve, agradecí cada minuto. Sí, me enamoré. Caí rendido a los pies de ella, mi vikinga, y en ese momento todo lo que había hecho y vivido hasta ese entonces tuvo sentido. Mi destino era ella, su destino era yo. Ahora que estábamos juntos nuestros caminos nunca se separarían...
Y me rompió el corazón. Aquella madrugada, sin siquiera mirarme a los ojos, su voz distante fue el instrumento que usó para, a través de Skype, matar todas mis ilusiones. Pero ahora logro entender su objetivo en mi vida. Después de semanas de pena, rabia y sufrimiento he logrado comprender su misión y, de paso, darle un sentido también al tiempo que pasé con mi ex.
Es terrible ser el primer amor de alguien. La vikinga me agradeció el haberle enseñado a amar, aunque el único que aprendió a amar en esa relación fui yo. Ella sólo vivió la mitad de lo que verdaderamente es amar, e hizo conmigo exactamente lo mismo que yo hice con mi ex. Lo bueno de esto es que he estado en los dos lados, y por fin puedo decir que ya entendí cómo funciona el amor. Sólo ahora que me entregué completamente a alguien puedo entender lo frustrante y doloroso que es estar con esa persona y no recibir esa entrega. Sé lo que se siente esa puta distancia, ese muro. Pero más aún sé lo que es amar con todo tu corazón y lo que se siente cuando éste es destrozado.
Creo mucho en el karma, y tengo certeza de que todo el sufrimiento del último año no sólo fue parte del aprendizaje que quería vivir como soltero, sino también mi pago por todo el dolor que provoqué el 19 de Septiembre pasado. Me imagino que a estas alturas ya cancelé mi deuda con intereses. El haber servido para que la vikinga aplicara conmigo el viejo dicho “echando a perder se aprende” fue mi última cuota. Desde este momento comienzo de cero. No más cagadas, no más errores, no más daño. Este aniversario marca el inicio de mi nueva vida. La soltería continúa...
Bonus tracks.
Quería meter estas canciones entre el relato, pero no hallé una forma natural de hacerlo, así que las dejo aparte. La primera es una canción que hice para mi ex, en la que hablo de que no me arrepiento de lo que viví con ella (es en inglés, las líricas en español están en la descripción del video http://youtu.be/cD233a5jUsE). La segunda es una canción del grupo Keane que habla de cómo me encantaría haber sido parte de la vida de la vikinga y no sólo una pequeña parada en su camino. Pero ella ya siguió adelante, así que le deseo suerte. Yo seguí adelante también.
Aclaración 1.
Es muy probable que mis escritos puedan dejar la sensación de que terminar fue un alivio. Sí, en verdad lo fue. Mi ex es una persona maravillosa y me siento feliz y orgulloso de haber compartido todo el tiempo que compartí con ella. Es la persona más importante de mi vida y nunca la olvidaré, y separarme de ella fue un alivio porque nunca la merecí. Nunca le dí lo que necesitaba ni me entregué completamente a la relación. Espero sinceramente que esté muy bien y que su vida haya mejorado ahora que no está conmigo.
Aclaración 2.
La vikinga no es una villana. Ella me amó, y mucho. Buenos Aires fue la culminación, el éxtasis. Si en Santiago ella cubrió su amor bajo un manto de indiferencia y distancia, en la capital trasandina no hubo barrera alguna. Ese fue amor de verdad, del más puro que existe. Lástima que duró tan poco.
Mientras vivía el horror de hacer sufrir a mi ser más querido, le rogaba a Dios estar tomando la decisión correcta. Desesperado, trataba salirme mentalmente de ese momento, pensando en cómo me gustaría que ya hubiera pasado un año de esta tragedia y que esa escena macabra que estaba viviendo fuera sólo un recuerdo difuso. Por suerte, ahora lo es. Con 365 días de distancia el recuerdo sigue siendo doloroso, pero ahora ya es eso, sólo un recuerdo.
Después de todo este tiempo y el daño que tuve que causar para cambiar mi vida, surge la gran incógnita: ¿valió la pena? Creo que sí. Terminar cumplió el objetivo que yo tenía, que distaba de las típicas razones superficiales que muchos tienen para hacerlo, como es el querer estar con otra persona o meterse con quién quieran. Para mí el fin tuvo un propósito mucho más importante, que era encontrarme a mí mismo a través de experiencias y situaciones que no podía vivir si no estaba soltero. De eso tuve mucho en el último año.
Cuando pienso en todo lo que he hecho desde que terminé, me cuesta creerlo. El ejemplo más claro de este enorme cambio lo refleja mi cuenta de Facebook. Ahí, antes del quiebre, tenía menos de 30 “amigos”, de los cuales tuve que eliminar a la mitad luego de aquel día. Ahora, hace menos de una semana, llegué a más de 100 contactos. Por superficial que se vea, para mí es un logro haber llegado a conocer a más de 80 personas nuevas, entre las que he hecho muy buenos amigos. Este cambio social se suma a todos los otros cambios que he experimentado, de los cuáles el más importante ocurrió hace poco.
Con 8 meses y medio de soltería en el cuerpo, tras casi nueve años de una relación que no terminó bien, lo que menos buscaba era el amor. Primero, porque quería vivir la “vida loca” de soltero, y segundo y más importante, porque no creía en él. Pero claro, no tenía idea lo que el destino me tenía preparado, y cuando lo tuve, agradecí cada minuto. Sí, me enamoré. Caí rendido a los pies de ella, mi vikinga, y en ese momento todo lo que había hecho y vivido hasta ese entonces tuvo sentido. Mi destino era ella, su destino era yo. Ahora que estábamos juntos nuestros caminos nunca se separarían...
Y me rompió el corazón. Aquella madrugada, sin siquiera mirarme a los ojos, su voz distante fue el instrumento que usó para, a través de Skype, matar todas mis ilusiones. Pero ahora logro entender su objetivo en mi vida. Después de semanas de pena, rabia y sufrimiento he logrado comprender su misión y, de paso, darle un sentido también al tiempo que pasé con mi ex.
Es terrible ser el primer amor de alguien. La vikinga me agradeció el haberle enseñado a amar, aunque el único que aprendió a amar en esa relación fui yo. Ella sólo vivió la mitad de lo que verdaderamente es amar, e hizo conmigo exactamente lo mismo que yo hice con mi ex. Lo bueno de esto es que he estado en los dos lados, y por fin puedo decir que ya entendí cómo funciona el amor. Sólo ahora que me entregué completamente a alguien puedo entender lo frustrante y doloroso que es estar con esa persona y no recibir esa entrega. Sé lo que se siente esa puta distancia, ese muro. Pero más aún sé lo que es amar con todo tu corazón y lo que se siente cuando éste es destrozado.
Creo mucho en el karma, y tengo certeza de que todo el sufrimiento del último año no sólo fue parte del aprendizaje que quería vivir como soltero, sino también mi pago por todo el dolor que provoqué el 19 de Septiembre pasado. Me imagino que a estas alturas ya cancelé mi deuda con intereses. El haber servido para que la vikinga aplicara conmigo el viejo dicho “echando a perder se aprende” fue mi última cuota. Desde este momento comienzo de cero. No más cagadas, no más errores, no más daño. Este aniversario marca el inicio de mi nueva vida. La soltería continúa...
Bonus tracks.
Quería meter estas canciones entre el relato, pero no hallé una forma natural de hacerlo, así que las dejo aparte. La primera es una canción que hice para mi ex, en la que hablo de que no me arrepiento de lo que viví con ella (es en inglés, las líricas en español están en la descripción del video http://youtu.be/cD233a5jUsE). La segunda es una canción del grupo Keane que habla de cómo me encantaría haber sido parte de la vida de la vikinga y no sólo una pequeña parada en su camino. Pero ella ya siguió adelante, así que le deseo suerte. Yo seguí adelante también.
Aclaración 1.
Es muy probable que mis escritos puedan dejar la sensación de que terminar fue un alivio. Sí, en verdad lo fue. Mi ex es una persona maravillosa y me siento feliz y orgulloso de haber compartido todo el tiempo que compartí con ella. Es la persona más importante de mi vida y nunca la olvidaré, y separarme de ella fue un alivio porque nunca la merecí. Nunca le dí lo que necesitaba ni me entregué completamente a la relación. Espero sinceramente que esté muy bien y que su vida haya mejorado ahora que no está conmigo.
Aclaración 2.
La vikinga no es una villana. Ella me amó, y mucho. Buenos Aires fue la culminación, el éxtasis. Si en Santiago ella cubrió su amor bajo un manto de indiferencia y distancia, en la capital trasandina no hubo barrera alguna. Ese fue amor de verdad, del más puro que existe. Lástima que duró tan poco.
viernes, 6 de septiembre de 2013
Soltería 101 - Capítulo 12 – ¿Qué es el amor?
Fue una profecía auto cumplida. “Siempre tendremos Buenos Aires”, dije al final del capítulo anterior, y es precisamente lo que sucedió. Sólo bastó un mes para que el amor desapareciera, borrado por la distancia enorme que nos separaba y por la racionalidad que enterró los sentimientos bien profundo al fondo de nuestros corazones. Claro, para mí ha sido mucho más difícil. Más de un mes de sufrimiento, durmiendo en la misma cama y visitando los mismos lugares que compartimos juntos. “Todo me recuerda a ti” no es una frase inventada, se los digo por experiencia propia.
Me pegó bastante fuerte todo esto. Tras varios años en pareja, pensé que nunca me podría enamorar. Sí, a mi ex la amé, pero fue todo una “evolución lógica”, que se fue dando con el tiempo. Con la vikinga fue todo tan repentino y brutal como nuestro sexo. No hubo tiempo de pensar, tuvimos una conexión inmediata. La confianza, la pasión y la intimidad los tuvimos siempre. Pero, por supuesto, las diferencias culturales siempre ponían el freno. Ella, muy racional y con su vida planificada hasta el más mínimo detalle, y yo, el latin lover viviendo el día a día y sin tener idea de qué quería en esta vida. Lo que pasó después fue simple: ella mantuvo sus planes y siguió adelante, yo me quedé acá en Chile.
Por algunas semanas la ilusión se mantuvo, pero esto de tener una relación a distancia que a la vez no lo era, sólo terminó por enredar todo. Si a eso le sumamos que mientras ella tenía un viaje fenomenal, yo pasaba mis días llorando, extrañándola y quejándome por la falta de comunicación... no había nada qué hacer. Ella optó por lo más simple: mandarme a la mierda. Claro, con la delicadeza y protocolo al que tan bien acostumbrados están los escandinavos.
Olvidarla ha sido casi como una misión imposible. No mentía cuando le decía que era la mujer más hermosa que había conocido. Podíamos pasar largos minutos mirándonos a los ojos, sonriendo como idiotas. “The stare” (la mirada) le pusimos a esos momentos. No sé si ella me hallaba bonito también, pero seguro que gozaba de la conexión que teníamos. Es precisamente esa conexión la que me confunde. Bueno, a eso hay que sumarle que ella era muy confusa por naturaleza cuando se trataba del corazón.
La primera vez que estuvimos juntos en mi cama, su mirada era la misma que la del último día, pese a que antes de siquiera darnos el primer beso me dijo que no quería una relación. También fue enfática en que no quería acostarse por ahí con cualquiera, pero se acostó conmigo en la segunda cita, ya que pensaba que yo era muy especial... ¡¿Qué mierda quería entonces, por Dios?! En fin, tratar de descifrar eso no me ha traído ningún consuelo, sólo más preguntas que ya a estas alturas no tiene ningún sentido responder.
Si se puede sacar algo positivo de todo esto es que entiendo, en parte, lo que debe haber sentido mi ex cuando terminé con ella. Además, no menos valioso, es que ahora tienen sentido todas las canciones de amor que alguna vez escuché, y me es mucho más fácil comprender las que hablan del maldito corazón roto. Tanto así que el techno ya no me distrae del verdadero significado de la gran canción “What is love” de Haddaway, aquel hit noventero que me hace bailar y llorar al mismo tiempo.
Me pegó bastante fuerte todo esto. Tras varios años en pareja, pensé que nunca me podría enamorar. Sí, a mi ex la amé, pero fue todo una “evolución lógica”, que se fue dando con el tiempo. Con la vikinga fue todo tan repentino y brutal como nuestro sexo. No hubo tiempo de pensar, tuvimos una conexión inmediata. La confianza, la pasión y la intimidad los tuvimos siempre. Pero, por supuesto, las diferencias culturales siempre ponían el freno. Ella, muy racional y con su vida planificada hasta el más mínimo detalle, y yo, el latin lover viviendo el día a día y sin tener idea de qué quería en esta vida. Lo que pasó después fue simple: ella mantuvo sus planes y siguió adelante, yo me quedé acá en Chile.
Por algunas semanas la ilusión se mantuvo, pero esto de tener una relación a distancia que a la vez no lo era, sólo terminó por enredar todo. Si a eso le sumamos que mientras ella tenía un viaje fenomenal, yo pasaba mis días llorando, extrañándola y quejándome por la falta de comunicación... no había nada qué hacer. Ella optó por lo más simple: mandarme a la mierda. Claro, con la delicadeza y protocolo al que tan bien acostumbrados están los escandinavos.
Olvidarla ha sido casi como una misión imposible. No mentía cuando le decía que era la mujer más hermosa que había conocido. Podíamos pasar largos minutos mirándonos a los ojos, sonriendo como idiotas. “The stare” (la mirada) le pusimos a esos momentos. No sé si ella me hallaba bonito también, pero seguro que gozaba de la conexión que teníamos. Es precisamente esa conexión la que me confunde. Bueno, a eso hay que sumarle que ella era muy confusa por naturaleza cuando se trataba del corazón.
La primera vez que estuvimos juntos en mi cama, su mirada era la misma que la del último día, pese a que antes de siquiera darnos el primer beso me dijo que no quería una relación. También fue enfática en que no quería acostarse por ahí con cualquiera, pero se acostó conmigo en la segunda cita, ya que pensaba que yo era muy especial... ¡¿Qué mierda quería entonces, por Dios?! En fin, tratar de descifrar eso no me ha traído ningún consuelo, sólo más preguntas que ya a estas alturas no tiene ningún sentido responder.
Si se puede sacar algo positivo de todo esto es que entiendo, en parte, lo que debe haber sentido mi ex cuando terminé con ella. Además, no menos valioso, es que ahora tienen sentido todas las canciones de amor que alguna vez escuché, y me es mucho más fácil comprender las que hablan del maldito corazón roto. Tanto así que el techno ya no me distrae del verdadero significado de la gran canción “What is love” de Haddaway, aquel hit noventero que me hace bailar y llorar al mismo tiempo.
viernes, 26 de julio de 2013
Soltería 101 - Capítulo 11 – Baires love
Buenos Aires es una ciudad mágica. Claro, al decir esto suena como a campaña publicitaria, pero no está ni cerca de serlo. Verán, luego de los últimos eventos de estas semanas he llegado a convencerme de que esta urbe tiene algo místico, al menos para mí. A un poco más de 10 meses de haber terminado mi relación, he hecho y vivido demasiadas cosas. Si bien la mayoría ocurrió en Santiago de Chile, las que se han desarrollado u originado aquí parecen tener mucha más relevancia.
Sin importar si lo miro desde un punto de vista espiritual o absolutamente racional, todo parece indicar que la serie de eventos que comenzó cuando vine a Buenos Aires por primera vez, hace 8 meses, inevitablemente terminaría precisamente haciéndome retornar a esta ciudad, en circunstancias completamente distintas. Y con volver a esta ciudad me refiero con todo, incluida la misma hostal de la primera vez.
Cuando me atreví a cruzar la cordillera de los Andes, al poco tiempo de terminar, fui en busca de sexo. Sí, no les mentiré. Lo pasé muy bien, conocí mucha gente y bebí y festejé como si el mundo se fuera a acabar; pero lo que en realidad buscaba era sexo. Y, si bien no lo conseguí, todo lo demás que se dio en esta ciudad cambió mi vida. Terminar fue un golpe duro, del que me recuperé sólo luego de los 12 días de “tratamiento intensivo” que tuve en Baires. Pero la recuperación era sólo el comienzo. Lo que aprendí durante ese tiempo, más la gente que conocí, generó un gran cambio en mi forma de ser, mis expectativas y mi visión de mí mismo y el mundo.
Amigos de distintos lugares del mundo, a quiénes conocí en la hostal en la que me hospedé, se dieron una vuelta por Santiago. El verlos acá y hacer de guía turístico amateur por un rato, más el gusto de hablar en otro idioma (o con otro acento, cuando vino un amigo colombiano) me dejó una sensación muy agradable. Luego de eso pasé una crisis existencial y financiera enorme, sumada a una abstinencia sexual que me tenía desquiciado. Sin embargo, pese a que en el momento que pasaba todo se veía negro, inconscientemente caminaba hacia la luz. No, no estaba muriendo. De amor quizás, sin saberlo aún.
Cuando conocí a mi vikinga, todo empezó a tener sentido. Nuestra “relación” en Santiago tuvo altibajos muy marcados. Estar con ella era divino, pero sufría un infierno cuando chocaba con su muro de distancia física y emocional. Sin embargo, al estar con ella podía sumergirme en su mirada y ver de alguna forma que yo no era sólo sexo ni una aventura pasajera para ella. Pero, ¿valía la pena seguirla hasta el final?
Tuve el impulso de seguirla de inmediato, sorprenderla. Por primera vez en mi vida dejaría de lado mi cerebro y me dejaría guiar sólo por las entrañas. Pese a eso, fue mejor haberse detenido un rato y primero conversarlo con ella. Su hasta entonces excesiva racionalidad potenciaba la mía. Pero esta vez la racionalidad parecía contaminada por los sentimientos. “Si vienes para acá, esto pasará a ser algo mucho más serio” me dijo. El jueves, a tres días de su partida, la abracé fuerte y la besé en público, sin que a ella le importara como antes. Estaba en Buenos Aires, estaba hablando en serio.
En “la ciudad de la furia”, como la llamaba la banda de rock argentino Soda Stereo, tuve la mejor experiencia romántica de mi vida. No había indiferencia, ni distancia, ni ningún puto muro. La vikinga y yo nos entregamos al amor hasta el último instante. Día a día, minuto a minuto, viví un sueño. Poder mirarla, olerla, besarla, era maravilloso. Si a eso le sumamos el haber sobrevivido a la prueba de estar juntos 24/7 sin terminar odiándonos, no sé dónde se podría poner mejor. Pero parece que Buenos Aires sólo me quería de vuelta por un rato, así como el destino se encargó de mostrarme sólo un pedazo de una felicidad mucho más grande en algún lugar del futuro.
Hoy acaba de terminar una de las mejores semanas de mi existencia. Estoy de regreso en Santiago, en mi escritorio. De a poco mis pulmones se acostumbran al smog y me familiarizo rápidamente con lo que dejé atrás, en mi país. Mi vikinga a esta hora sigue volando hacia su ciudad natal en Noruega. Me es difícil mirar las fotos o simplemente hurgar en mi memoria reciente sin dejar salir un par de lágrimas. Mi amor se aleja de mí por un tiempo indefinido. Ahora comienza la prueba definitiva. ¿Seremos capaces de revivir esto en un lugar y tiempo aún sin definir? Toco mi pecho y lo aprieto con fuerza. No quiero que esta sensación se vaya de aquí. Aún así, pase lo que pase, siempre tendremos Buenos Aires.
Sin importar si lo miro desde un punto de vista espiritual o absolutamente racional, todo parece indicar que la serie de eventos que comenzó cuando vine a Buenos Aires por primera vez, hace 8 meses, inevitablemente terminaría precisamente haciéndome retornar a esta ciudad, en circunstancias completamente distintas. Y con volver a esta ciudad me refiero con todo, incluida la misma hostal de la primera vez.
Cuando me atreví a cruzar la cordillera de los Andes, al poco tiempo de terminar, fui en busca de sexo. Sí, no les mentiré. Lo pasé muy bien, conocí mucha gente y bebí y festejé como si el mundo se fuera a acabar; pero lo que en realidad buscaba era sexo. Y, si bien no lo conseguí, todo lo demás que se dio en esta ciudad cambió mi vida. Terminar fue un golpe duro, del que me recuperé sólo luego de los 12 días de “tratamiento intensivo” que tuve en Baires. Pero la recuperación era sólo el comienzo. Lo que aprendí durante ese tiempo, más la gente que conocí, generó un gran cambio en mi forma de ser, mis expectativas y mi visión de mí mismo y el mundo.
Amigos de distintos lugares del mundo, a quiénes conocí en la hostal en la que me hospedé, se dieron una vuelta por Santiago. El verlos acá y hacer de guía turístico amateur por un rato, más el gusto de hablar en otro idioma (o con otro acento, cuando vino un amigo colombiano) me dejó una sensación muy agradable. Luego de eso pasé una crisis existencial y financiera enorme, sumada a una abstinencia sexual que me tenía desquiciado. Sin embargo, pese a que en el momento que pasaba todo se veía negro, inconscientemente caminaba hacia la luz. No, no estaba muriendo. De amor quizás, sin saberlo aún.
Cuando conocí a mi vikinga, todo empezó a tener sentido. Nuestra “relación” en Santiago tuvo altibajos muy marcados. Estar con ella era divino, pero sufría un infierno cuando chocaba con su muro de distancia física y emocional. Sin embargo, al estar con ella podía sumergirme en su mirada y ver de alguna forma que yo no era sólo sexo ni una aventura pasajera para ella. Pero, ¿valía la pena seguirla hasta el final?
Tuve el impulso de seguirla de inmediato, sorprenderla. Por primera vez en mi vida dejaría de lado mi cerebro y me dejaría guiar sólo por las entrañas. Pese a eso, fue mejor haberse detenido un rato y primero conversarlo con ella. Su hasta entonces excesiva racionalidad potenciaba la mía. Pero esta vez la racionalidad parecía contaminada por los sentimientos. “Si vienes para acá, esto pasará a ser algo mucho más serio” me dijo. El jueves, a tres días de su partida, la abracé fuerte y la besé en público, sin que a ella le importara como antes. Estaba en Buenos Aires, estaba hablando en serio.
En “la ciudad de la furia”, como la llamaba la banda de rock argentino Soda Stereo, tuve la mejor experiencia romántica de mi vida. No había indiferencia, ni distancia, ni ningún puto muro. La vikinga y yo nos entregamos al amor hasta el último instante. Día a día, minuto a minuto, viví un sueño. Poder mirarla, olerla, besarla, era maravilloso. Si a eso le sumamos el haber sobrevivido a la prueba de estar juntos 24/7 sin terminar odiándonos, no sé dónde se podría poner mejor. Pero parece que Buenos Aires sólo me quería de vuelta por un rato, así como el destino se encargó de mostrarme sólo un pedazo de una felicidad mucho más grande en algún lugar del futuro.
Hoy acaba de terminar una de las mejores semanas de mi existencia. Estoy de regreso en Santiago, en mi escritorio. De a poco mis pulmones se acostumbran al smog y me familiarizo rápidamente con lo que dejé atrás, en mi país. Mi vikinga a esta hora sigue volando hacia su ciudad natal en Noruega. Me es difícil mirar las fotos o simplemente hurgar en mi memoria reciente sin dejar salir un par de lágrimas. Mi amor se aleja de mí por un tiempo indefinido. Ahora comienza la prueba definitiva. ¿Seremos capaces de revivir esto en un lugar y tiempo aún sin definir? Toco mi pecho y lo aprieto con fuerza. No quiero que esta sensación se vaya de aquí. Aún así, pase lo que pase, siempre tendremos Buenos Aires.
lunes, 15 de julio de 2013
Soltería 101 - Capítulo 10 – Vikinga
Ella tiene 25 años y es de Noruega. Tiene una melena de pelo corto, delgado y rubio, y unos ojos azules muy expresivos, simplemente hermosos, enmarcados tras lentes que cambia todo el tiempo. La vi por última vez esta madrugada, cuando, luego de besarla en la puerta del taxi, su vehículo se alejó por la Alameda, llevándose un pedazo de mi corazón con ella.
La conocí hace un par de meses en Spanglish, el grupo de inglés del que hablé en el capítulo anterior. No esperaba nada de lo que sucedió esa noche. Yo iba detrás de una gringa que había conocido unos días antes, pero como todo lo bueno que pasa en la vida, me tomó por sorpresa. “¿Eres chilena?” le pregunté, después de que irrumpió en mi conversación con otras personas usando un perfecto español chilenizado. “No, soy noruega” me dijo con una sonrisa pícara.
Aquella primera vez hablamos un buen rato, y yo creí que había cierto interés. De la gringa, al menos en ese momento, me olvidé enseguida. Pero luego de ese día, el contacto por Facebook no fluyó. Casi no me contestaba cuando le hablaba por el chat y casi nunca la encontraba disponible. Entonces mi historia con la otra chica comenzó a desarrollarse en paralelo. Si la americana no hubiera rechazado mi declaración aquel lunes, un par de semanas después, la historia hubiera sido muy diferente.
Tras insistirle y molestarla mucho, logré que la vikinga (una manera bastante obvia de llamarla, por su origen escandinavo) saliera un miércoles conmigo a “hacer un tour” al Barrio Yungay. La verdad es que ese día, luego del lunes devastador que había tenido, no me estaba sintiendo muy seguro de esta cita. Pero cuando, ya en un bar después del paseo, tuve la oportunidad de verla sin lentes y oírla hablarme en español, la situación cambió. “Esa es la cara” le dije. Creo que no pude explicarle a qué me refería, quizás tampoco yo lo sabía. Sí supe en ese momento que me gustaba.
Para no alargar tanto la historia, el lunes siguiente, exactamente una semana después del incidente con la gringa y en el mismo bar en que fracasé con ella, tuve éxito con la noruega. Nos besamos e, increíblemente (claro, con varias cervezas de por medio), terminamos en mi departamento. Si bien yo le había prometido que sólo dormiríamos, fue lo único que no hicimos. Fue la primera de varias noches de insomnio y amor brutal. Muchas noches que ahora que ya no está me parecen demasiado pocas.
No todo fue maravilloso. Su enorme miedo a sentir algo profundo o excesiva racionalidad, considerando que se iría muy pronto de Chile, siempre la hicieron alejarse de mí. No mentiré: sufrí mucho. Su indiferencia cuando no estaba conmigo, su reticencia a presentarme a su grupo de amigos o de que yo le presentara a los míos, y su negación absoluta a cualquier demostración pública de afecto; me destrozaban. Pero cuando estábamos en la intimidad y miraba sus ojos, sentía que todo valía la pena. No hablaba casi nada de sus sentimientos, pero no era necesario. Podía ver su alma en su mirada.
Esta noche vino a mi apartamento por última vez. La acompañé bebiendo su última piscola, y aunque estaba muy dolido y enojado por su alejamiento antes del fin, traté de dejar fuera el resentimiento e hice un esfuerzo final por aplacar mi orgullo y dignidad. No había tiempo para eso. Además fue un gran acontecimiento, pese a lo triste de la velada, el que por fin revelara sus sentimientos. No era el único que sentía algo parecido al amor. Lamentablemente, la alarma del celular sonó, marcando el fin de algo maravilloso. La dejé en un taxi de vuelta a su casa a las 6 de la madrugada. Ahora va camino a Argentina.
Quizás vaya a Buenos Aires a verla antes que se vaya de vuelta a Noruega, o puede que, debido a mi pésima situación económica actual, me quede aquí y retome mi vida donde la dejé. Lo cierto es que ella cambió mi vida para siempre, y aunque vuelva atrás, ya nada será igual. Pensé que nunca sería capaz de amar. A veces llegué a pensar que no tenía corazón. Pero sí tengo, y late muy, pero muy fuerte. Late por ti, mi vikinga.
La conocí hace un par de meses en Spanglish, el grupo de inglés del que hablé en el capítulo anterior. No esperaba nada de lo que sucedió esa noche. Yo iba detrás de una gringa que había conocido unos días antes, pero como todo lo bueno que pasa en la vida, me tomó por sorpresa. “¿Eres chilena?” le pregunté, después de que irrumpió en mi conversación con otras personas usando un perfecto español chilenizado. “No, soy noruega” me dijo con una sonrisa pícara.
Aquella primera vez hablamos un buen rato, y yo creí que había cierto interés. De la gringa, al menos en ese momento, me olvidé enseguida. Pero luego de ese día, el contacto por Facebook no fluyó. Casi no me contestaba cuando le hablaba por el chat y casi nunca la encontraba disponible. Entonces mi historia con la otra chica comenzó a desarrollarse en paralelo. Si la americana no hubiera rechazado mi declaración aquel lunes, un par de semanas después, la historia hubiera sido muy diferente.
Tras insistirle y molestarla mucho, logré que la vikinga (una manera bastante obvia de llamarla, por su origen escandinavo) saliera un miércoles conmigo a “hacer un tour” al Barrio Yungay. La verdad es que ese día, luego del lunes devastador que había tenido, no me estaba sintiendo muy seguro de esta cita. Pero cuando, ya en un bar después del paseo, tuve la oportunidad de verla sin lentes y oírla hablarme en español, la situación cambió. “Esa es la cara” le dije. Creo que no pude explicarle a qué me refería, quizás tampoco yo lo sabía. Sí supe en ese momento que me gustaba.
Para no alargar tanto la historia, el lunes siguiente, exactamente una semana después del incidente con la gringa y en el mismo bar en que fracasé con ella, tuve éxito con la noruega. Nos besamos e, increíblemente (claro, con varias cervezas de por medio), terminamos en mi departamento. Si bien yo le había prometido que sólo dormiríamos, fue lo único que no hicimos. Fue la primera de varias noches de insomnio y amor brutal. Muchas noches que ahora que ya no está me parecen demasiado pocas.
No todo fue maravilloso. Su enorme miedo a sentir algo profundo o excesiva racionalidad, considerando que se iría muy pronto de Chile, siempre la hicieron alejarse de mí. No mentiré: sufrí mucho. Su indiferencia cuando no estaba conmigo, su reticencia a presentarme a su grupo de amigos o de que yo le presentara a los míos, y su negación absoluta a cualquier demostración pública de afecto; me destrozaban. Pero cuando estábamos en la intimidad y miraba sus ojos, sentía que todo valía la pena. No hablaba casi nada de sus sentimientos, pero no era necesario. Podía ver su alma en su mirada.
Esta noche vino a mi apartamento por última vez. La acompañé bebiendo su última piscola, y aunque estaba muy dolido y enojado por su alejamiento antes del fin, traté de dejar fuera el resentimiento e hice un esfuerzo final por aplacar mi orgullo y dignidad. No había tiempo para eso. Además fue un gran acontecimiento, pese a lo triste de la velada, el que por fin revelara sus sentimientos. No era el único que sentía algo parecido al amor. Lamentablemente, la alarma del celular sonó, marcando el fin de algo maravilloso. La dejé en un taxi de vuelta a su casa a las 6 de la madrugada. Ahora va camino a Argentina.
Quizás vaya a Buenos Aires a verla antes que se vaya de vuelta a Noruega, o puede que, debido a mi pésima situación económica actual, me quede aquí y retome mi vida donde la dejé. Lo cierto es que ella cambió mi vida para siempre, y aunque vuelva atrás, ya nada será igual. Pensé que nunca sería capaz de amar. A veces llegué a pensar que no tenía corazón. Pero sí tengo, y late muy, pero muy fuerte. Late por ti, mi vikinga.
domingo, 30 de junio de 2013
Soltería 101 - Capítulo 9 – Exito!
No, el título no está mal escrito. Estoy citando a este comercial de Open English https://www.youtube.com/watch?v=xyR0teBuXWg. “¿Por qué?”, se preguntarán ustedes. Pues bien, porque mi historia tiene un poco que ver con aquel idioma y porque además también habla de mi situación actual.
Luego de un historial de meses de malas decisiones, desencuentros de todo tipo, decepciones por montón y fracasos en casi todas las áreas de mi vida, encontré la luz al final del túnel. Acá en Chile hay un programa del Gobierno, “English opens doors” (el Inglés abre puertas). Por primera vez en mucho tiempo hay algo en lo que no se equivocan: sí que abre puertas. Existen varios grupos en Santiago que se juntan para hacer intercambio de idiomas. La dinámica es bien simple: siempre en algún bar, hay un organizador que se encarga de hacer que la gente hable sólo en inglés o español por un tiempo determinado. Todo el mundo llega con la disposición de conocer gente nueva, compartir en buena onda y tener un momento agradable. Pero, claro, a veces se consigue más que sólo eso.
Verán: mi mente es muy complicada. Luego de la nefasta experiencia de ser rechazado sistemáticamente por mi hedor a desesperación, sumado al darme cuenta de que en realidad no estoy preparado ni dispuesto a estar con una mujer (o sólo una), vagué por el mundo sin sentido. Eso, hasta que descubrí esta experiencia bilingüe.
Todo esto del inglés fue un gusto adquirido tras años de ver mucha TV y películas provenientes del reino yankee; pero tomó vital importancia como herramienta de supervivencia en mi estadía de 2 semanas en Buenos Aires. Comunicarme con 7 compañeros de cuarto de distintas nacionalidades me hubiera sido imposible de no haber tenido este conocimiento previo.
Ya de vuelta en Santiago, y en especial en el último par de meses, he tenido de nuevo esta interesante sensación de darle un uso práctico a mi habilidad. Si esto lo decoramos con la belleza internacional de las chicas que van a este tipo de reuniones, todo se pone bueno desde este punto. Porque por fin encontré lugares limpios de toda la maldita dinámica de conquista chilena. Esa en la que si no eres de plata, o no tienes grandes estudios universitarios o usas transporte público por no tener auto, te deja fuera de cualquier lista de ingreso a las partes íntimas de mis compatriotas. ¡No, señores y señoras! Acá la cosa es distinta.
No quiero entrar en detalles, pero puedo decir que me ha ido bien. Muy bien, en verdad. He hecho más amigos, he conocido otros lugares, he agregado nuevas palabras a mi vocabulario y, último pero no menos importante, he logrado terminar con mi mala racha. Claro que no ha sido fácil. Tuve que romper un corazón, lo que es algo de lo que no me siento orgulloso; y por mi lado, también he sufrido los embates de la inseguridad y la falta de tiempo. Y es este último factor el que ahora me pesa.
Sé que no soy quién para dar consejos, no después de mi accidentada vida sentimental. Pero aún así me tomaré la libertad de recomendarles algo: hagan lo que se sienta bien. Ya sea rechazar a una persona hermosa porque no te crees capaz de comprometerte en esa relación, o ir en contra de todo pensamiento lógico y entregarte por completo a una hermosa nórdica que en 3 semanas se irá de tu vida para no volver. Como dicen los gringos, “shit happens” (la mierda ocurre). Y si va a pasar alguna mierda de todas maneras, ¿por qué no aprovechar lo bueno que tienes mientras tanto?
Luego de un historial de meses de malas decisiones, desencuentros de todo tipo, decepciones por montón y fracasos en casi todas las áreas de mi vida, encontré la luz al final del túnel. Acá en Chile hay un programa del Gobierno, “English opens doors” (el Inglés abre puertas). Por primera vez en mucho tiempo hay algo en lo que no se equivocan: sí que abre puertas. Existen varios grupos en Santiago que se juntan para hacer intercambio de idiomas. La dinámica es bien simple: siempre en algún bar, hay un organizador que se encarga de hacer que la gente hable sólo en inglés o español por un tiempo determinado. Todo el mundo llega con la disposición de conocer gente nueva, compartir en buena onda y tener un momento agradable. Pero, claro, a veces se consigue más que sólo eso.
Verán: mi mente es muy complicada. Luego de la nefasta experiencia de ser rechazado sistemáticamente por mi hedor a desesperación, sumado al darme cuenta de que en realidad no estoy preparado ni dispuesto a estar con una mujer (o sólo una), vagué por el mundo sin sentido. Eso, hasta que descubrí esta experiencia bilingüe.
Todo esto del inglés fue un gusto adquirido tras años de ver mucha TV y películas provenientes del reino yankee; pero tomó vital importancia como herramienta de supervivencia en mi estadía de 2 semanas en Buenos Aires. Comunicarme con 7 compañeros de cuarto de distintas nacionalidades me hubiera sido imposible de no haber tenido este conocimiento previo.
Ya de vuelta en Santiago, y en especial en el último par de meses, he tenido de nuevo esta interesante sensación de darle un uso práctico a mi habilidad. Si esto lo decoramos con la belleza internacional de las chicas que van a este tipo de reuniones, todo se pone bueno desde este punto. Porque por fin encontré lugares limpios de toda la maldita dinámica de conquista chilena. Esa en la que si no eres de plata, o no tienes grandes estudios universitarios o usas transporte público por no tener auto, te deja fuera de cualquier lista de ingreso a las partes íntimas de mis compatriotas. ¡No, señores y señoras! Acá la cosa es distinta.
No quiero entrar en detalles, pero puedo decir que me ha ido bien. Muy bien, en verdad. He hecho más amigos, he conocido otros lugares, he agregado nuevas palabras a mi vocabulario y, último pero no menos importante, he logrado terminar con mi mala racha. Claro que no ha sido fácil. Tuve que romper un corazón, lo que es algo de lo que no me siento orgulloso; y por mi lado, también he sufrido los embates de la inseguridad y la falta de tiempo. Y es este último factor el que ahora me pesa.
Sé que no soy quién para dar consejos, no después de mi accidentada vida sentimental. Pero aún así me tomaré la libertad de recomendarles algo: hagan lo que se sienta bien. Ya sea rechazar a una persona hermosa porque no te crees capaz de comprometerte en esa relación, o ir en contra de todo pensamiento lógico y entregarte por completo a una hermosa nórdica que en 3 semanas se irá de tu vida para no volver. Como dicen los gringos, “shit happens” (la mierda ocurre). Y si va a pasar alguna mierda de todas maneras, ¿por qué no aprovechar lo bueno que tienes mientras tanto?
sábado, 11 de mayo de 2013
Soltería 101 - Capítulo 8 – Patchwork
Estoy un poco borracho,
y aunque por lo general no escribiría en estas condiciones, necesito
sacar esta revelación de mi sistema. Vengo llegando de una feria de
diseño y decoración que permitía entrar gratuitamente si llegabas
en bicicleta. Como no soy un fan de ninguna de las temáticas de la
feria, pero sí disfruto de andar en bici y de todo lo que sea
gratis, asistí al evento.
Muy grata fue mi
sorpresa cuando vi que habían varios puestos que ofrecían alcohol
gratis: cerveza, pisco, champaña, vino. Como ya dije, si no hay que
pagar, me gusta. Así que cerveza en mano recorrí la feria, viendo
pinturas y fotografías casi tan atractivas como las artistas que
exponían las obras. Pero no sólo las artistas eran interesantes:
estaba lleno de chicas bonitas. No importaba donde mirara, siempre
había más de alguna mina linda a la que echarle el ojo. La
concentración de bellezas por metro cuadrado era sorprendente.
Para simular que estaba
ahí por el diseño, miraba con detención cada una de las muestras
de productos del lugar. De pronto, algo llamó mi atención. Era un
muestrario de telas, con retazos de distintos estampados. Entonces me
golpeó. Esta colección de telas era la metáfora perfecta de mi
panorama actual.
Sigo atrapado en una sequía inacabable, y ésta es en gran parte mi
culpa. Me gustan todas las chicas, pero de ellas solo quiero un
pedazo, un momento fugaz. Quiero tomar un trozo de cada una de ellas
y juntarlos todos en una sola, que a la vez no es ninguna de ellas.
Más fácil: quiero estar con todas, pero con ninguna a la vez. Al
igual que una dueña de casa aburrida crea un Frankenstein de cojín
hecho de varios pedazos de tela, usando la técnica del patchwork; yo
he buscado hacer lo mismo con las mujeres.
Con esta revelación en
mente, puedo ver todo con mucha claridad. Si con mi desesperación no
bastara, además tengo la cagada en la cabeza. A veces siento que
necesito a alguien, pero no estoy dispuesto a profundizar ninguna
relación. Simplemente no me interesa. Por otro lado, esta situación
tiene un lado positivo. Mi mala fortuna en el área sentimental me ha
mantenido solo, y eso me ha alejado de cometer el error de entrar en
una nueva pareja sin estar preparado.
Creo que de lo anterior
sólo puedo sacar una cosa en limpio: necesito estar solo. Y esto es
por sanar mi mente, pero también como medida de precaución. Cuando
pendejo hacía unos collages horribles, y sólo imaginarme el
resultado de mi mujer de patchwork me da náuseas... aunque
eso último también puede ser el pisco.
domingo, 5 de mayo de 2013
Soltería 101 - Capítulo 7 – Círculo vicioso
Las cosas no han
resultado fáciles. Con la “crisis de los 30” retumbando en mi
cabeza y un panorama financiero difuso, el sumar la búsqueda de
compañía femenina ha sido todo un desafío. Y yo que pensaba que
con toda la experiencia adquirida en mis años emparejado esto de
salir al mercado a cazar iba a ser un juego de niños. Pero no, el
tema ha resultado ser mucho más complicado que mi pronóstico.
Cansado entonces de
cagarla a cada rato, que es básicamente lo que he hecho los últimos
meses, decidí buscar ayuda “profesional”. No, no me fui de
putas. Acudí a varios personajes que respeto en el área de la
conquista, e incluso tomé consejos de gente aleatoria, amateurs.
Creo que estaba escribiendo en mi cabeza una especie de enciclopedia
o manual de seducción. Aún así, la situación no mejoró, ya que
el único gran consejo que se repitió transversalmente en todas las
conversaciones que tuve, era inaplicable en mi realidad actual.
Sin importar a quién
preguntara, inevitablemente surgía la frase “tienes que estar
tranquilo.” Estas palabras, muy sencillas, eran la base de todo.
Para mí sonaba totalmente lógico, ya que he visto más de alguna
chica del brazo de un esperpento que, sin un ápice de belleza
física, destacaba por su confianza. Es que esta característica en
particular es la que separa a los ganadores de... bueno... yo.
Creerán a estas
alturas que soy un alfeñique perdedor e inseguro, pero no es tan
así. Mi gran problema es que me he visto atrapado en un círculo
vicioso. Luego de toda esta mala racha, de esta sequía absoluta de
contacto con el sexo opuesto, he entrado en una dinámica de ansiedad
absoluta cuando se trata de relacionarme con chicas. Claro, la
presión de aparentar una tranquilidad que en verdad no tengo es
insoportable. De una forma u otra, termino estropeando cualquier
interacción antes de que pase algo. Por supuesto que esto me jode la
cabeza y me frustra, por lo que mis siguientes intentos con otras
minas resultan infructuosos. ¿Y qué pasa ahí? Más frustración,
más ansiedad y, obvio, mucha menos tranquilidad.
Como guinda de la
torta, las mujeres parecen tener un maldito detector de
intranquilidad. Hace un tiempo conocí a una mina que me habían
garantizado que estaba prácticamente en celo y que se agarraría a
cualquier cosa que respirara. Con la victoria asegurada, desplegué
toda mi galantería y encantos para seducir a la joven en cuestión.
Si bien no pasó nada esa noche, comprensible dado que las
condiciones no se prestaban para un momento de intimidad, volví a mi
casa lleno de esperanzas. A los días hablé con la amiga que me la
presentó y le pregunté qué le había dicho la mina de mí. “Dijo
que eras atractivo y simpático, pero no te tiraría ni loca” me
respondió. “¿Por qué?” dije, sorprendido. “Porque dijo que
se te olía la desesperación.”
Mierda. Osea, para
cagarla más, no sólo soy un manojo de nervios por la falta de sexo,
si no que además mi desesperación se huele a kilómetros a la
redonda. Justo lo que me faltaba. Pero trataré de verle el lado
positivo. Ahora que ya saben que apesto a desesperado, seré muy
fácil de reconocer, así que sólo sigan el olor hasta encontrarme e
invítenme a una cerveza. Les estaré eternamente agradecido.
PD: Intenté hacer esta
columna en video, por el momento no ha funcionado la cosa. Pero no se
preocupen, en algún momento Solterísimo TV será una realidad.
sábado, 4 de mayo de 2013
Canción para esperar
Soy un fiel partidario de la idea de explorar cada vertiente del arte. Por lo mismo, trato siempre de estar creando en distintos medios y formatos. Y mientras sigo dándome vueltas en mi video blog, les dejo esta pequeña canción que escribí la semana pasada. Se llama "Waste of time" (Pérdida de tiempo) y, pese al título, habla de cómo no fue una pérdida de tiempo el período de mi vida que pasé junto a mi ex. Espero que les guste.
domingo, 28 de abril de 2013
Solterísimo TV
Dentro de estos días lanzaré un nuevo proyecto basado en mi columna "Soltería 101". Se trata de un video blog en el que relataré los temas que me inquietan desde un punto de vista cómico, lo que en pocas palabras significa que haré el ridículo. Espero que lo vean, lo disfruten, lo compartan y lo comenten.
domingo, 14 de abril de 2013
Soltería 101 - Capítulo 6 – De vuelta a los negocios
Se acabó la
espera. A casi 7 meses de mi ruptura, decidí salir al mercado.
Bueno, para ser sincero creo que siempre estuve en el mercado, pero
de forma latente nada más. Flirteé por aquí y por allá, jugué a
ser un galán y se podría decir que me funcionó... técnicamente.
Ya que me estoy confesando, debería mantenerme fiel a la verdad. Lo
voy a explicar así: hace años atrás, en la fiesta de bienvenida de
mi universidad, me invitaron a jugar futbolito. Yo los miré y les
dije: “Compadres, hace como 4 años que no juego, y cuando jugaba
era malo.” Pues bien, la misma historia se aplica ahora, pero con
las chicas.
Allá por los locos
años 2000 yo fui un soltero empedernido, y más que una opción, el
celibato era mi karma. No había caso. Por más que me andaba
ofreciendo incluso con las minas más feas, siempre volvía a la casa
solo y frustrado. Mi vida amorosa tenía menos acción que un juego
de ajedrez televisado. Y de pronto, el milagro: conocí a una chica
que me aguantó, trató de entenderme y me acogió sin importarle que
por esos momentos (y creo que aún ahora) era un pendejo idiota. Esa
chica fue mi novia por casi 9 años.
Pero eso ya terminó. Y
mirando en retrospectiva, ha sido bastante tiempo fuera de las
pistas; tiempo que me juega en contra. A mis 30 años ya debería
dominar el arte de la seducción o por lo menos entender en parte a
las mujeres. Sin vergüenza puedo decir que no tengo ni la más puta
idea de nada. La mujer es un misterio indescifrable para mí.
La situación se ve
bien cagada hasta ahora, pero no es tan así. Me encontré en esta
encrucijada y siento que encontré una forma de manejarla. ¿Qué
mejor forma de entender a estos extraños seres del cromosoma XX que
relacionándose con ellos de una manera no sexual? Sí, suena
bastante estúpido, pero para mí esto no era tan obvio. Siempre
estaba tan necesitado de contacto carnal que la amistad hombre-mujer
para mí era un mito. Ahora me encanta. Amo a mis amigas y hacer esa
transición del deseo a la fraternidad es lo mejor que me ha pasado.
Y así estoy volviendo
al mercado. Recargado, 2.0, un hombre nuevo. Educado bajo los
preceptos de mi gurú del sexo (no voy a revelar aún su nombre) y
moldeado por el toque femenino. Sigo sin entender a las damas y la
verdad que hasta el momento mis intentos de conquista han sido una
mierda. Pero cuando recuerdo aquel día en que jugué futbolito en la
universidad pese a lo malo que era, me siento esperanzado. La
seducción, al igual que el fútbol, es un deporte. Practicando
aprendes y te haces mejor, y aunque seas malo, siempre es entretenido
jugar.
jueves, 4 de abril de 2013
Soltería 101 - Capítulo 5 - Terminator
Casi siempre las historias de comedias románticas
o dramones sentimentales comienzan con alguien que es abandonado por
su pareja. Es fácil identificarse con el sufrido protagonista en sus
peripecias por recuperar este amor perdido o encontrar uno nuevo, ya
que no cuesta mucho entender su dolor. Todos en algún momento de
nuestras vidas hemos sufrido, al igual que este personaje, y hemos
debido recorrer el largo camino de la pena.
Pero, ¿y qué pasa con los otros? ¿Quién
retrata la historia de nosotros “los malos”? Porque así me he
sentido desde que terminé mi relación: como el malo de la película.
Soy Arnold Schwarzenegger
vestido con chaqueta de cuero y lentes oscuros, con una escopeta
recortada en la mano. “He venido del futuro a cagarte la vida”
digo, y empiezo a disparar a diestra y siniestra. Un total hijo de
puta.
Un poco más en
serio, terminar con mi ex ha sido la experiencia más traumática de
mi vida. Ver sufrir a alguien que quieres es malo, pero si a eso le
sumas el saber que eres tú quien lo hace sufrir, es horripilante.
Aún recordar ese momento me pega fuerte, y las imágenes siguen
vívidas en mi cabeza aunque ya ha pasado un buen tiempo desde que
esto ocurrió.
¿Y después?
Bueno, la vida continúa. Comienzas a deambular por el mundo con la
conciencia en llamas, un Infierno en tu cabeza. Esa, mis amigos, es
la culpa. Es el mismo sentimiento con el que la Iglesia ha movido
masas y que hace que millones de dólares vayan a las arcas de un
sinnúmero de ONGs. Es la emoción que domina nuestros días y alarga
nuestras noches.
Pero hay que
tomarse las cosas con tranquilidad, no todo está perdido. La culpa
es una sensación terrible, que mezclada con las demás cosas que nos
pasan por la cabeza y lastiman nuestro corazón crea un cóctel
devastador. Sin embargo, he logrado contrarestarla. No digo que sea
“la” forma correcta de hacerlo, sólo es un camino de tantos que
se pueden tomar. Mi receta ha sido salir al mundo, siempre. Claro,
tuve un par de semanas de mierda de llorar y pasar varias horas extra
al día tirado en la cama. Pero luego, salía. Y hasta el día de
hoy, sigo haciéndolo.
Estamos jodidos,
no hay forma de huir de nosotros mismos. Entonces, ¿para qué salir,
se preguntará Usted, lector inquisitivo? Porque afuera está el
mundo, y en el mundo hay gente. Mucha gente. Esa es la gran ventaja
de no quedarse encerrado física y mentalmente. Conocer e interactuar
con personas nuevas es una excelente terapia. A la larga, oyendo sus
historias te vas dando cuenta de que hay cosas mucho peores y lo que
te ha ocurrido a ti te comienza a molestarte menos. Además, en
ciertas ocasiones puedes llegar a cruzarte con personajes que hasta
refuerzan la idea de que tomaste la decisión correcta. Ver a estos
seres atrapados en relaciones patéticas sólo por miedo a estar
solos o por una dependencia enfermiza a otra persona te ayudará más
que cualquier antidepresivo.
Terminar una
relación es difícil, y ser el Terminator es un martirio. Pero si te
encuentras en esta situación, desde mi propia experiencia te puedo
decir que siempre es mejor sufrir un gran dolor de una vez que crear
un dolor permanente para ti y tu pareja en el futuro.
“Hasta la
vista, baby.”
sábado, 23 de marzo de 2013
Soltería 101 - Capítulo 4 – Mercado de Carne
Cuando hace ya seis meses terminé mi noviazgo, no
lo hice por otra mujer ni por una necesidad imperiosa de volver a ser
soltero y entregarme a los placeres de la noche sin cargo de
conciencia. La verdad es que necesitaba encontrarme a mí mismo,
fuera de la zona de confort en la que había vivido hasta ese
entonces. Y, claro, el hecho de que la relación viniera mal hace un
rato también sirvió de motivación.
“¿Y ahora, qué?” me pregunté al tiempo de
vivir esta nueva realidad. Había salido de fiesta bastante,
fortalecí la relación con mis amigos, e incluso hice un viaje a
Buenos Aires por un par de semanas. Descontando mi inestable relación
con el trabajo y el dinero, las cosas se habían dado bien. Salió a
flote una faceta mía que no conocía y me gustaba lo que veía.
Pero aún así, me molestaba esta interrogante. “¿Y ahora, qué?”.
Poco antes de emprender el viaje hacia Sao Paulo,
Brasil, vino a Santiago una chica inglesa con la que compartí
habitación en la hostal en la que me alojé en Argentina. Se hospedó
en una hostal a una cuadra de mi departamento, y durante los días
que estuvo aquí me convertí en su guía personal. Más allá de la
insolación que me dio por pasear bajo el sol por varias horas, a 33
grados Celsius de calor, lo que me quedó marcado de su visita fue
algo que me dijo en el momento y lugar precisos.
Estábamos en el Bar Constitución, la disco
predilecta de cuanto gringo viene a esta ciudad, un Viernes por la
noche. De pronto, me vi rodeado de gente sudorosa, fumando y bebiendo
mientras trataban de bailar en un lugar más atestado que el Metro en
hora punta, acompañado de mi amiga y dos gringas más. Creo que mi
cara de mierda llamó la atención de la dama. Apuntando a la gente
que nos rodeaba, me miró y me dijo algo como “you are gonna get
lucky tonight” (vas a tener suerte esta noche). “¿Tú crees?”
le pregunté. “Sure! This place is a meat market”, respondió.
Nunca lo había visto de esa manera, pero tenía toda la razón.
Efectivamente, el sitio era un mercado de carne.
Desde ese momento ya han pasado más de dos meses,
y la pregunta ya no tiene que ver con qué viene ahora, si no más el
cuándo debería hacerlo. Al terminar una relación, se dice que
vuelves al “mercado”. Pero, ¿es tan así? ¿Se vuelve de
inmediato o hay algún plazo que uno debería cumplir antes? Porque
la verdad que el mundo allí afuera es un mercado de carne, y si te
metes ahí te conviertes en un pedazo de carne más. El problema es
que uno no sabe que corte es, y aunque seas un filete, siempre va a
haber uno más jugoso y apetitoso a tu lado. Lo que me lleva a otra
interrogante: si nadie me ha “comprado” en todo este tiempo, ¿ya
estoy podrido? Todavía no lo averiguo, pero creo que el olor podría
darme una pista. De todas maneras, prefiero pensar que soy un bistec
congelado. En el fondo, no dista mucho de la realidad.
jueves, 7 de marzo de 2013
Soltería 101 - Capítulo 3 – Pega
No había escrito hace un rato, y es porque luego
de la “lesión” de la que hablé anteriormente, mis finanzas
tocaron fondo. Esto en sí no sería malo si no fuera porque hace
casi 5 años vivo solo y debo solventar varios gastos relacionados
con el placer de no tener que convivir con mis padres y hermanos, a
quienes quiero con el alma, pero aprecio mucho más cuando los veo
una vez a la semana.
Angustiado por la idea de tener que retornar al
seno materno, durante todo Febrero busqué trabajo incesantemente.
Luego de tres semanas, decenas de curriculums enviados y una
reducción masiva de mis pretensiones de sueldo, encontré una pega.
Tenía ilusiones con respecto a este trabajo. Es una agencia web, con
gente joven y ambiente relajado. Ya había trabajado en una agencia
antes, y mi experiencia fue increíble. Buenos amigos y mucha buena
onda, tanto así que a veces me quedaba hasta tarde sólo por gusto.
Pero este lugar terminó siendo terrible.
Empecé el Lunes 25 de Febrero, y quedé
espantado. La buena onda que esperaba era inexistente y el contacto
entre la gente de la empresa, nulo. Sólo pude relacionarme con mis
compañeros de oficina, quienes parecen ser buenos tipos, pero con
habilidades sociales que distan mucho de las personas con las que
suelo relacionarme. Así que ahí quedé, atrapado, desde ese día.
Todo por el vil dinero.
Acostumbrado a la comodidad de mi departamento y a
la libertad que entregaba el ser independiente o freelance, podía
disfrutar bastante de mi soltería. Si quería salir, salía. Si
quería trasnochar, mierda, lo hacía sin importar el o los días de
la semana. Pero estas dos semanas trabajando han coartado mis
movimientos de una manera salvaje. En promedio, sólo tengo unas 3 o
4 horas, con suerte, de vida. El resto son 10 horas encerrado en una
oficina y un par de horas más que desperdicio en movilizarme de mi
casa al trabajo y viceversa. ¿Qué se puede hacer en ese tiempo?
Osea, se puede hacer mucho más, pero no si no quieres parecer un
zombie en el Metro al otro día.
En definitiva, el trabajo es incompatible con la
vida. No quedan ganas de escribir, de cocinar (fideos 5 veces a la
semana, ¡yummy!) y quizás ni siquiera de follar (como si tuviera
alguien con quién hacerlo). ¿Cómo la gente puede vivir así?
Pero de todo esto he sacado una moraleja. Todos
pagamos nuestros errores y yo ya estoy pagando el mío. Ahora, de a
poco veo como la niebla del karma se desvanece y entre medio se cuela
una luz de esperanza. Siempre existirá el Viernes. Se acabará la
semana, abandonaré la oficina y me iré directo a emborracharme con
algún amigo conocido o por conocer. Entraré en un estado de
catarsis del que muy probablemente me arrepentiré el Domingo y
odiaré el Lunes. ¿Lo bueno? Tendré plata para volver a hacerlo
todas las semanas.
jueves, 14 de febrero de 2013
Soltería 101 - Capítulo 2 - San Valentín
No es un cliché. El 14 de Febrero, alias San
Valentín y también conocido como “Día de los Enamorados” (“y
de la Amistad”, para quienes no quieren sentirse patéticos por
estar solos) es una fecha complicada. Echémosle una mirada al
porqué.
Desde que las primeras hormonas comienzan a hacer
efecto en nuestro organismo, por allá en la pubertad, sufrimos una
mutación. No, no estoy hablando de los pelos al sur del ombligo o el
cambio de voz. Me refiero al surgimiento de una hasta ese entonces
inexplicable atracción por otras personas, que si bien en un 90% de
las veces es más canal que otra cosa, también se expresa con un
ridículo romanticismo. Éste alcanza su cúspide este día, en el
que la sensiblería se esparce más rápido que un apocalipsis
zombie. Si estamos solos, nos invade un sentimiento
incómodo cada vez que nos encontramos con los protagonistas de esta
celebración: los enamorados.
Tratamos de evitarlos, huir de su presencia, pero están en todas partes: en la tele, la radio, la prensa, internet, y, sobre todo, en la calle. Se pasean por ahí, besuqueándose, tomados de la mano y con una cara de felicidad difícil de pasar por alto. Son una especie de recordatorio de nuestra soledad, y al odiarlos a ellos también nos detestamos un poco a nosotros mismos y nuestra situación actual.
Estar del otro lado tampoco es mejor. Claro, al
exterior mostramos una imagen de alegría indescriptible, pero por
dentro somos un manojo de nervios. Porque reconozcámoslo: también
odiamos San Valentín. ¡Es un maldito estrés! El primero que
compartimos con una nueva pareja es terrible, tenemos que hacer algo
ultra romántico y especial, sorprender como sea. Lleva semanas de
planificación, horas de preparación y varias noches de insomnio. Y
con el tiempo no mejora. Si tu relación lleva años, este momento es
casi más importante que tu aniversario. Es la oportunidad de limar
todas las asperezas, arreglar las cosas e, incluso, intentar revivir
la magia del pasado. Seguro que hay amor detrás de todo esto, pero
queda opacado por la enorme carga emocional que nos ponemos encima.
Si los dos casos descritos arriba no son
suficientes, pues hay un tercero y último, en el que me encuentro
ahora: los recién terminados. Este es el escenario más complejo, ya
que es una tormenta de sentimientos. Te libras de la presión
insoportable de hacer algo este día, pero no necesariamente eres
feliz. Sí, estás tranquilo, pero hay una pequeña parte de ti que
añora esa angustia. Esta añoranza tiene distintos niveles. Los más
altos llevan a ciertas personas a tomar medidas desesperadas para
estar junto a alguien este 14 a cómo dé lugar, ignorando valores
tan importantes como la dignidad o los Derechos Humanos. Como
acompañantes desfilan uno o varios ex, amigos de Facebook, hombres
elefantes y hasta seres mitológicos; pasando así a pertenecer a la
categoría del “Kamikaze del Amor”.
Pero también hay otra opción, como el arte de
hacerse el cool, el relajado. “Estoy solo y no me importa”, será
el lema. ¿Panoramas? ¡Claro! Deportes extremos, experimentación
con alcohol y drogas varias, y reuniones sociales con los amigos, la
familia, ex compañeros de la primaria o la gente del Metro. Lo malo
de esta postura es que agota, y bastante. Tienes que demostrarle a
todos lo bien que dices estar y, además, creerlo tú mismo. Es la
categoría más difícil, la del “Nihilista del Amor”. La mayoría
de los nuevos solteros vagan en el medio de estas posturas, caminando
en una peligrosa cuerda floja, con el riesgo de caer en cualquiera de
los dos extremos más de una vez.
¿Qué opción tomaré hoy? Creo que partir por
escribir esto ya es hacer algo. Bueno o malo, no lo sé aún. Pensaré
en eso cuando llore abrazado a mi almohada hasta quedarme dormido
esta noche.
domingo, 10 de febrero de 2013
Soltería 101 - Capítulo 1 - Lesión
Es difícil ser soltero, mucho más si estás muy fuera de
práctica. En los 9 años que he estado fuera de las pistas las cosas
han cambiado bastante. Por lo mismo y a modo de terapia personal
escribiré esta columna. Existe una pequeña posibilidad de que ayude
a alguien más o, al menos, eso espero.
Antes del fin, había entrado en una crisis vital. Mi relación ya venía mal, pero hubo un momento en que todo lo demás colapsó. Estaba angustiado, deprimido, en tratamiento psicológico y tomando ansiolíticos. En resumen, estaba cagado. No digo que terminar me curó, pero una vez que pasé la pena, me vi delante de un gigantesco espacio vacío que debía llenar de alguna forma. Era mi decisión enfrentar este desafío con optimismo o pesimismo, así que tomé la primera opción.
Pasaron algunas semanas para tener el valor de aventurarme a salir. Primero con amigos y luego, en un arranque de locura, completamente solo. Creo que ese momento me marcó, tanto así que entré en una especie de euforia. Verán, cuando uno se sumerge de lleno en una relación de pareja, se pierde un poco. Decides modificar tu forma de ser para que todo funcione bien, para lograr un equilibrio con tu compañero. Pero creo que después de tanto tiempo, ya no sólo modificas tu conducta, sino que pasas a adoptar esa nueva personalidad. Y claro, terminas y esa persona que eres ahora ya no tiene sentido, porque ese tú sólo funciona si ese otro sigue a tu lado. "¿Quién mierda soy?" te preguntarás entonces.
No creo que festejando me descubrí a mí mismo, pero sí empecé a conocer partes de mí que me eran desconocidas. De ahí vino la euforia, una gran excitación por conocer todas las posibilidades de esta nueva vida, este nuevo yo. Pero claro, me pasó lo mismo que cuando comencé a hacer running un tiempo atrás.
Octubre 2011, 8 AM. A unas 6 cuadras de mi departamento, con zapatillas de running nuevas, shorts y actitud desafiante, comencé a correr. Lo seguí haciendo por un par de meses, hasta que el dolor de rodillas fue tanto que apenas podía caminar. Era de esperarse: hasta ese momento yo había vivido 28 años de vida absolutamente sedentaria y mi mayor deporte era pararme de mi escritorio para ir al baño o comer algo. ¿Qué pasó al final? Me lesioné.
Volviendo al presente, a casi 5 meses de haber puesto fin a mi relación, me volví a lesionar, pero en mi vida. Verán, esta euforia que sentí me llevó a tratar de hacer todo, rápido. Viajé dos veces, salí de fiesta innumerables ocasiones, conocí mucha gente y gasté demasiado dinero. Viví como si no hubiera mañana, y ahora estoy sufriendo la resaca de ese comportamiento.
Estoy en mi peor momento. Sin trabajo, sin dinero y aún perdido en la pregunta inicial: "¿Quién mierda soy?". Pero como cualquier otra lesión, ésta debería curarse. Sólo necesita tiempo. Mucho tiempo, para mi gusto.
Antes del fin, había entrado en una crisis vital. Mi relación ya venía mal, pero hubo un momento en que todo lo demás colapsó. Estaba angustiado, deprimido, en tratamiento psicológico y tomando ansiolíticos. En resumen, estaba cagado. No digo que terminar me curó, pero una vez que pasé la pena, me vi delante de un gigantesco espacio vacío que debía llenar de alguna forma. Era mi decisión enfrentar este desafío con optimismo o pesimismo, así que tomé la primera opción.
Pasaron algunas semanas para tener el valor de aventurarme a salir. Primero con amigos y luego, en un arranque de locura, completamente solo. Creo que ese momento me marcó, tanto así que entré en una especie de euforia. Verán, cuando uno se sumerge de lleno en una relación de pareja, se pierde un poco. Decides modificar tu forma de ser para que todo funcione bien, para lograr un equilibrio con tu compañero. Pero creo que después de tanto tiempo, ya no sólo modificas tu conducta, sino que pasas a adoptar esa nueva personalidad. Y claro, terminas y esa persona que eres ahora ya no tiene sentido, porque ese tú sólo funciona si ese otro sigue a tu lado. "¿Quién mierda soy?" te preguntarás entonces.
No creo que festejando me descubrí a mí mismo, pero sí empecé a conocer partes de mí que me eran desconocidas. De ahí vino la euforia, una gran excitación por conocer todas las posibilidades de esta nueva vida, este nuevo yo. Pero claro, me pasó lo mismo que cuando comencé a hacer running un tiempo atrás.
Octubre 2011, 8 AM. A unas 6 cuadras de mi departamento, con zapatillas de running nuevas, shorts y actitud desafiante, comencé a correr. Lo seguí haciendo por un par de meses, hasta que el dolor de rodillas fue tanto que apenas podía caminar. Era de esperarse: hasta ese momento yo había vivido 28 años de vida absolutamente sedentaria y mi mayor deporte era pararme de mi escritorio para ir al baño o comer algo. ¿Qué pasó al final? Me lesioné.
Volviendo al presente, a casi 5 meses de haber puesto fin a mi relación, me volví a lesionar, pero en mi vida. Verán, esta euforia que sentí me llevó a tratar de hacer todo, rápido. Viajé dos veces, salí de fiesta innumerables ocasiones, conocí mucha gente y gasté demasiado dinero. Viví como si no hubiera mañana, y ahora estoy sufriendo la resaca de ese comportamiento.
Estoy en mi peor momento. Sin trabajo, sin dinero y aún perdido en la pregunta inicial: "¿Quién mierda soy?". Pero como cualquier otra lesión, ésta debería curarse. Sólo necesita tiempo. Mucho tiempo, para mi gusto.
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