Cuando recorremos el camino de nuestras vidas, hay momentos en que la ruta frente a nosotros se abre en muchas vertientes distintas. Sea cual sea el camino que tomemos, esta decisión es definitiva y no tiene vuelta atrás. El pasado es invariable, la vida es una carretera de un solo sentido.
Sabiendo esto, la tarea de elegir un camino en concreto se pone cuesta arriba. Pese a eso, la elección debe ser tomada, ya que aunque tratemos de esquivarla o posponerla lo más posible, el tiempo sigue avanzando y nos seguimos moviendo hacia adelante, forzados inevitablemente en alguna dirección.
Tomar una buena decisión requiere de sabiduría y coraje. Al igual que en el mundo que nos rodea, en la vida hay una gran gama de colores, lo que significa que no siempre tendremos que elegir entre dos tonalidades completamente distintas, blanco o negro. Saber identificar qué opción tomar y tener el valor para enfrentar las consecuencias de esa decisión es vital para mantenernos bien encaminados.
La honestidad toma un rol fundamental en cualquier elección que hacemos. Sincerarnos con nosotros mismos y llevar esta verdad a la realidad debería ser siempre nuestra primera prioridad. Tomando esta actitud no sólo nos aseguramos de no tomar decisiones influenciados por los demás o el entorno, sino que tomamos el control de nuestra vida y seguimos un camino en concordancia con nuestros deseos.
Llegan momentos, sin embargo, en que la elección es mucho más compleja. Cuando nuestra decisión no sólo nos afecta directamente a nosotros e influye también sobre la vida de otras personas, entran en juego otras variables. Nuestra empatía con el otro se entremezcla con la culpa que nos generaría pasar a llevar sus intereses al momento de elegir. Nuevamente la honestidad puede ser la mejor guía. ¿Es mejor, por evitar un daño menor, tomar una opción que a la larga generará un daño mucho mayor? La respuesta es bastante obvia.
Vivir en plenitud implica tomar conciencia de nuestras acciones, ya que toda consecuencia de éstas, errores o aciertos, serán nuestra responsabilidad. Por otro lado, esta responsabilidad también representa un gran poder. Tomar decisiones, elegir, nos da control sobre nuestra vida. Porque el camino está plagado de rutas alternativas, y al elegir reducimos todo ese ruido que de no tomar una decisión retumbará por siempre en nuestras cabezas. Las posibilidades son infinitas, el pasado es sólo uno. Has lo que sientas cuándo lo sientas.
Publicado en Publimetro Chile.
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sábado, 19 de octubre de 2013
sábado, 21 de septiembre de 2013
Dejar ir.
Existe un dicho que dice “si amas a alguien de verdad debes poder dejarlo ir; si te ama también, volverá a ti.” Y así como en el amor esta frase se puede aplicar perfectamente, tiene sentido para muchos otros aspectos de nuestras vidas.
Lidiar con la derrota o el sentimiento de pérdida es muy difícil. Cuando llega aquel punto en que sin importar lo que hagas, el resultado sigue siendo el mismo, es frustrante. No sólo eso, afecta seriamente la autoestima, la seguridad y el amor propios. Nos hace sentir inútiles, indefensos ante las circunstancias; pero esto tiene que ver más con la crianza moderna que con una realidad.
Se habla de que hay que saber ser un buen ganador y un buen perdedor. Pero claro, nadie quiere estar en esa última posición. La derrota nos convierte en “perdedores”, pero ese concepto no se queda en el episodio puntual y pasa a definir nuestra existencia en su totalidad. Nos aleja del “camino correcto”, del triunfo y, en última instancia, del éxito que tanto nos presionan a conseguir.
En la loca carrera por alcanzar metas cada vez más elevadas, en esa búsqueda incesante que el medio nos impone por ganar una y otra vez, se deja de lado muchas veces el gran valor que tiene perder. Porque si bien el triunfo es siempre gratificante, el no conseguirlo nos hace luchar aún más. Fortalece nuestro carácter y nos hace más resilientes. Nos hace cuestionarnos, por lo que demanda más de nuestra creatividad, de nuestra capacidad de adaptarnos y de enfrentar los problemas desde ángulos que no habíamos visto antes. Nos prepara mucho mejor para ganar y nos blinda contra nuevas derrotas.
Pero hay veces en que no hay vuelta atrás, en que la pérdida es total y no hay nada que se pueda hacer al respecto. En estos casos sólo se puede hacer un último sacrificio, la prueba más complicada: aceptar. Porque dejar ir es eso, la aceptación final de que no está en nuestras manos hacer algo, de que hemos sido superados. Pero más allá de la lógica, hay un instinto que nos obliga a seguir la batalla, a no darnos por vencidos. Combatir esta sensación es casi imposible. Reconocer la pérdida es una tarea titánica.
Superar la derrota es sin duda es un gran paso para ser mejores personas, pero dejar ir nos convierte en seres humanos mucho más completos. “Has todo lo que puedas hacer para cambiar lo que está dentro de tus posibilidades y no te preocupes por lo que simplemente no puedes cambiar.” Esta frase lo hace sonar muy fácil, pero aplicarlo en tu vida no lo será. Sin embargo, una vez que lo hayas entendido, lo podrás lograr. Seguir este otro dicho te liberará de una enorme carga y te ayudará a dejarla ir.
Publicado originalmente en Publimetro Chile.
Lidiar con la derrota o el sentimiento de pérdida es muy difícil. Cuando llega aquel punto en que sin importar lo que hagas, el resultado sigue siendo el mismo, es frustrante. No sólo eso, afecta seriamente la autoestima, la seguridad y el amor propios. Nos hace sentir inútiles, indefensos ante las circunstancias; pero esto tiene que ver más con la crianza moderna que con una realidad.
Se habla de que hay que saber ser un buen ganador y un buen perdedor. Pero claro, nadie quiere estar en esa última posición. La derrota nos convierte en “perdedores”, pero ese concepto no se queda en el episodio puntual y pasa a definir nuestra existencia en su totalidad. Nos aleja del “camino correcto”, del triunfo y, en última instancia, del éxito que tanto nos presionan a conseguir.
En la loca carrera por alcanzar metas cada vez más elevadas, en esa búsqueda incesante que el medio nos impone por ganar una y otra vez, se deja de lado muchas veces el gran valor que tiene perder. Porque si bien el triunfo es siempre gratificante, el no conseguirlo nos hace luchar aún más. Fortalece nuestro carácter y nos hace más resilientes. Nos hace cuestionarnos, por lo que demanda más de nuestra creatividad, de nuestra capacidad de adaptarnos y de enfrentar los problemas desde ángulos que no habíamos visto antes. Nos prepara mucho mejor para ganar y nos blinda contra nuevas derrotas.
Pero hay veces en que no hay vuelta atrás, en que la pérdida es total y no hay nada que se pueda hacer al respecto. En estos casos sólo se puede hacer un último sacrificio, la prueba más complicada: aceptar. Porque dejar ir es eso, la aceptación final de que no está en nuestras manos hacer algo, de que hemos sido superados. Pero más allá de la lógica, hay un instinto que nos obliga a seguir la batalla, a no darnos por vencidos. Combatir esta sensación es casi imposible. Reconocer la pérdida es una tarea titánica.
Superar la derrota es sin duda es un gran paso para ser mejores personas, pero dejar ir nos convierte en seres humanos mucho más completos. “Has todo lo que puedas hacer para cambiar lo que está dentro de tus posibilidades y no te preocupes por lo que simplemente no puedes cambiar.” Esta frase lo hace sonar muy fácil, pero aplicarlo en tu vida no lo será. Sin embargo, una vez que lo hayas entendido, lo podrás lograr. Seguir este otro dicho te liberará de una enorme carga y te ayudará a dejarla ir.
Publicado originalmente en Publimetro Chile.
jueves, 5 de septiembre de 2013
El amor en los tiempos de la individualidad
¿Qué es el amor? En parte es ese sentimiento que recubre nuestro pecho y lo inunda con una sensación agradable que nos hace pensar que todo estará bien mientras estemos con esa persona. Pero también es entrega, es dependencia, es tiempo y apego, es afecto desinteresado. Es trascender nuestra propia identidad y pasar a ser Uno con el otro. Esto, tan noble, se ha vuelto casi imposible en nuestra sociedad actual.
Se nos ha inculcado la importancia del éxito, de los logros personales y profesionales, de alcanzar grandes metas. Estamos convencidos de que podemos alcanzar el Cielo aquí en la Tierra mediante nuestro trabajo y estudios. Hemos aprendido a competir por todo, a ser los mejores y a dejar a todos los demás atrás para ser nosotros siempre los primeros. Vivimos la vida como si de una carrera se tratara, sintiéndonos orgullosos de cada obstáculo que sorteamos, sin preocuparnos si dejamos a otro competidor tirado en el camino. “La vida moderna” le llaman.
En esta forma de vivir no hay espacio para el amor. Claro, muchos no lo notan. Parte del camino a recorrer implica eventualmente emparejarse, formar una familia y criar hijos que serán los herederos de nuestros logros, perpetuando nuestra forma de ver y vivir la vida. Todo eso parece ser amor, pero de éste sólo hay pequeños chispazos que de vez en cuando alcanzan para iluminar un poco la existencia de quienes creen de verdad sentir esta emoción.
El verdadero amor no se puede generar bajo estas circunstancias. Una sociedad en la que se valora tanto la individualidad forma seres humanos desprovistos de lo que se requiere para amar. El afecto esta supeditado a la razón, a la conveniencia. La búsqueda de compañero responde más a temas materiales o de estatus. ¿O no han notado el síndrome del “vestido de novia en la cartera”? Por ridículo que suene, este tema se da, y mucho. Pasada cierta edad, tanto hombres como mujeres solteros o con pareja ceden a la presión del medio para finalmente dar el paso definitivo y casarse. Esta decisión, lejos de ser motivada por razones sentimentales, es netamente guiada por el “deber ser”, con los consiguientes vicios que esto conllevará después.
La independencia y la libertad son la más pura representación de la naturaleza humana, pero también parte de nuestra naturaleza es establecer nexos emocionales con otros. De estos lazos, el más importante es el que de forma altruista decidimos tener con nuestra pareja. En esta relación no hay cabida para individualismos de ningún tipo. El amor real es el gozo de compartir lo que se es y se tiene, recibiendo a cambio lo mismo. Es formar un proyecto en común que será mejor que lo que se pudiera conseguir por separado. En el fondo, el amor significa dejar de lado la individualidad y vivir bajo un nuevo concepto, mucho más hermoso: Unidad.
Publicado originalmente en Publimetro Chile.
Se nos ha inculcado la importancia del éxito, de los logros personales y profesionales, de alcanzar grandes metas. Estamos convencidos de que podemos alcanzar el Cielo aquí en la Tierra mediante nuestro trabajo y estudios. Hemos aprendido a competir por todo, a ser los mejores y a dejar a todos los demás atrás para ser nosotros siempre los primeros. Vivimos la vida como si de una carrera se tratara, sintiéndonos orgullosos de cada obstáculo que sorteamos, sin preocuparnos si dejamos a otro competidor tirado en el camino. “La vida moderna” le llaman.
En esta forma de vivir no hay espacio para el amor. Claro, muchos no lo notan. Parte del camino a recorrer implica eventualmente emparejarse, formar una familia y criar hijos que serán los herederos de nuestros logros, perpetuando nuestra forma de ver y vivir la vida. Todo eso parece ser amor, pero de éste sólo hay pequeños chispazos que de vez en cuando alcanzan para iluminar un poco la existencia de quienes creen de verdad sentir esta emoción.
El verdadero amor no se puede generar bajo estas circunstancias. Una sociedad en la que se valora tanto la individualidad forma seres humanos desprovistos de lo que se requiere para amar. El afecto esta supeditado a la razón, a la conveniencia. La búsqueda de compañero responde más a temas materiales o de estatus. ¿O no han notado el síndrome del “vestido de novia en la cartera”? Por ridículo que suene, este tema se da, y mucho. Pasada cierta edad, tanto hombres como mujeres solteros o con pareja ceden a la presión del medio para finalmente dar el paso definitivo y casarse. Esta decisión, lejos de ser motivada por razones sentimentales, es netamente guiada por el “deber ser”, con los consiguientes vicios que esto conllevará después.
La independencia y la libertad son la más pura representación de la naturaleza humana, pero también parte de nuestra naturaleza es establecer nexos emocionales con otros. De estos lazos, el más importante es el que de forma altruista decidimos tener con nuestra pareja. En esta relación no hay cabida para individualismos de ningún tipo. El amor real es el gozo de compartir lo que se es y se tiene, recibiendo a cambio lo mismo. Es formar un proyecto en común que será mejor que lo que se pudiera conseguir por separado. En el fondo, el amor significa dejar de lado la individualidad y vivir bajo un nuevo concepto, mucho más hermoso: Unidad.
Publicado originalmente en Publimetro Chile.
lunes, 2 de septiembre de 2013
Querer o necesitar.
Los Rolling Stones tienen una canción muy buena. Se llama “You can't always get what you want” (no siempre puedes tener lo que quieres), y dentro de sus líricas de fines de los sesentas contiene una verdad absoluta: es imposible obtener todo lo que quieres, pero a veces consigues lo que necesitas.
En la generación exitista de la que somos parte, el lograr todas tus metas y conseguir todo lo que quieres es sinónimo de triunfo. Por lo mismo, la mayoría de nosotros nos vemos prácticamente obligados, por la sociedad o nuestra propia voluntad, a llegar a este anhelado éxito. Llegar a la cima es el objetivo.
Pero, ¿qué es el éxito? ¿Cuándo sabemos que lo hemos alcanzado? Es un término tan ambiguo y subjetivo que a muchos les toma toda su vida perseguirlo para conseguirlo, sin nunca sentir realmente que lo alcanzaron. Lo que no le enseñan a nadie es que nuestras metas y objetivos van cambiando a lo largo de nuestra vida. La madurez y las circunstancias van moldeando nuestros deseos, haciendo a veces que lo que queríamos con fervor hace algún tiempo atrás se vea como una estupidez ahora.
Esta tendencia de perseguir “lo que queremos” no sólo se lleva al plano de realización profesional, vocacional, académica o financiera. Nuestra vida personal también se ve invadida por estos deseos de triunfo. Rodearnos de gente de sólo cierta clase social, nivel económico o intelectual; establecer relaciones sentimentales exclusivamente con personas ideales en términos físicos, o simplemente esperar alcanzar un nivel de superioridad de algún tipo frente a los demás; son tentaciones en las que muchos caen.
La vida se puede planificar y es muy beneficioso trazarnos metas para tener un sentido, un objetivo. Pero, al igual que todas las cosas, la vida va cambiando con nosotros y a medida que la recorremos podemos encontrar nuevas metas en el camino que nos den mucho más de lo que esperábamos alcanzar con las anteriores. El secreto está en ser flexibles y receptivos frente a estas nuevas oportunidades. Nuestra felicidad no depende de tener o lograr todo lo que queremos, si no en agradecer y disfrutar de vez en cuándo también de lo que nos hace bien. Al final, ¿quién necesita el “éxito” cuándo tiene todo lo que necesita?
Publicado originalmente en Publimetro Chile.
En la generación exitista de la que somos parte, el lograr todas tus metas y conseguir todo lo que quieres es sinónimo de triunfo. Por lo mismo, la mayoría de nosotros nos vemos prácticamente obligados, por la sociedad o nuestra propia voluntad, a llegar a este anhelado éxito. Llegar a la cima es el objetivo.
Pero, ¿qué es el éxito? ¿Cuándo sabemos que lo hemos alcanzado? Es un término tan ambiguo y subjetivo que a muchos les toma toda su vida perseguirlo para conseguirlo, sin nunca sentir realmente que lo alcanzaron. Lo que no le enseñan a nadie es que nuestras metas y objetivos van cambiando a lo largo de nuestra vida. La madurez y las circunstancias van moldeando nuestros deseos, haciendo a veces que lo que queríamos con fervor hace algún tiempo atrás se vea como una estupidez ahora.
Esta tendencia de perseguir “lo que queremos” no sólo se lleva al plano de realización profesional, vocacional, académica o financiera. Nuestra vida personal también se ve invadida por estos deseos de triunfo. Rodearnos de gente de sólo cierta clase social, nivel económico o intelectual; establecer relaciones sentimentales exclusivamente con personas ideales en términos físicos, o simplemente esperar alcanzar un nivel de superioridad de algún tipo frente a los demás; son tentaciones en las que muchos caen.
La vida se puede planificar y es muy beneficioso trazarnos metas para tener un sentido, un objetivo. Pero, al igual que todas las cosas, la vida va cambiando con nosotros y a medida que la recorremos podemos encontrar nuevas metas en el camino que nos den mucho más de lo que esperábamos alcanzar con las anteriores. El secreto está en ser flexibles y receptivos frente a estas nuevas oportunidades. Nuestra felicidad no depende de tener o lograr todo lo que queremos, si no en agradecer y disfrutar de vez en cuándo también de lo que nos hace bien. Al final, ¿quién necesita el “éxito” cuándo tiene todo lo que necesita?
Publicado originalmente en Publimetro Chile.
jueves, 29 de agosto de 2013
Balance
Hace bastantes años atrás, el filósofo alemán G. W. F. Hegel escribió en su dialéctica del amo y el esclavo una historia que, pese a todo el tiempo que ha pasado, sigue dictando la tendencia de las relaciones humanas actuales, principalmente las de pareja.
Hegel le dio en el clavo: en las relaciones siempre hay alguien sometido, ya sea por tener un carácter más débil o porque su entrega lo hace más vulnerable y fácil de manipular. Por su lado, el otro actúa como el “amo”, sometiendo o abusando del “esclavo”, de manera consciente o inconsciente, con el poder que le da su desapego. Lo sorprendente es que, pese a lo insano de esta situación, la mayoría de las parejas funcionan así. Es más, a veces incluso se da el caso de que la balanza se invierte y el que antes fue sometido toma el poder y asume el rol de amo.
Mirado racionalmente, este tipo de control mutuo no es saludable. Pero, en la práctica, funciona. Claro, todas las dictaduras funcionaron muy bien en su momento. Ahora, por supuesto, no hay ninguna que aguante por siempre. Ya hemos visto lo que ha pasado con la llamada Primavera Árabe, y haciendo la conexión con el plano sentimental, por lo general este tipo de regímenes también están condenados a desbaratarse con una revolución . Y, como sucede con cualquier revolución, los subordinados y oprimidos esclavos se levantarán contra sus amos y tomarán el mando.
¿Hay alguna alternativa a todo esto? Porque si lo vemos con objetividad, toda relación parece seguir el mismo patrón. Jefes con empleados, padres con hijos, amigos con amigos... ¿es posible detenerlo? Sí, y no es necesaria una revolución. La palabra clave es balance.
Una relación bien llevada siempre partirá de la base de que existe un balance entre los miembros que la componen. Un equilibrio perfecto de afecto, entrega, pasión, fidelidad y respeto. Nadie quiere más, nadie ama menos. Ambos entregan lo mejor de sí desinteresadamente, sin esperar una retribución a cambio. Osea, no puede ser más obvio porque se llama una “pareja.” Ambos están en igualdad de condiciones.
No son necesarios esos infantiles juegos de “ignorar para atraer” o de “hacerse el interesante.” Ese tipo de tácticas que usan ambos sexos para conquistar son el ingrediente perfecto para que se comience con un desbalance. Lamentablemente, nos criaron con este pensamiento y las relaciones que establecemos vienen ya contaminadas con estas creencias. Pero se puede tener algo mejor. El balance existe y no es imposible lograrlo. Cuando te das cuenta del engaño que has vivido no pararás de buscar el equilibrio en tu relación actual o en una futura. Porque, seamos sinceros: a nadie le gusta vivir en una dictadura, ¿o sí?
Publicado originalmente en Publimetro Chile.
Hegel le dio en el clavo: en las relaciones siempre hay alguien sometido, ya sea por tener un carácter más débil o porque su entrega lo hace más vulnerable y fácil de manipular. Por su lado, el otro actúa como el “amo”, sometiendo o abusando del “esclavo”, de manera consciente o inconsciente, con el poder que le da su desapego. Lo sorprendente es que, pese a lo insano de esta situación, la mayoría de las parejas funcionan así. Es más, a veces incluso se da el caso de que la balanza se invierte y el que antes fue sometido toma el poder y asume el rol de amo.
Mirado racionalmente, este tipo de control mutuo no es saludable. Pero, en la práctica, funciona. Claro, todas las dictaduras funcionaron muy bien en su momento. Ahora, por supuesto, no hay ninguna que aguante por siempre. Ya hemos visto lo que ha pasado con la llamada Primavera Árabe, y haciendo la conexión con el plano sentimental, por lo general este tipo de regímenes también están condenados a desbaratarse con una revolución . Y, como sucede con cualquier revolución, los subordinados y oprimidos esclavos se levantarán contra sus amos y tomarán el mando.
¿Hay alguna alternativa a todo esto? Porque si lo vemos con objetividad, toda relación parece seguir el mismo patrón. Jefes con empleados, padres con hijos, amigos con amigos... ¿es posible detenerlo? Sí, y no es necesaria una revolución. La palabra clave es balance.
Una relación bien llevada siempre partirá de la base de que existe un balance entre los miembros que la componen. Un equilibrio perfecto de afecto, entrega, pasión, fidelidad y respeto. Nadie quiere más, nadie ama menos. Ambos entregan lo mejor de sí desinteresadamente, sin esperar una retribución a cambio. Osea, no puede ser más obvio porque se llama una “pareja.” Ambos están en igualdad de condiciones.
No son necesarios esos infantiles juegos de “ignorar para atraer” o de “hacerse el interesante.” Ese tipo de tácticas que usan ambos sexos para conquistar son el ingrediente perfecto para que se comience con un desbalance. Lamentablemente, nos criaron con este pensamiento y las relaciones que establecemos vienen ya contaminadas con estas creencias. Pero se puede tener algo mejor. El balance existe y no es imposible lograrlo. Cuando te das cuenta del engaño que has vivido no pararás de buscar el equilibrio en tu relación actual o en una futura. Porque, seamos sinceros: a nadie le gusta vivir en una dictadura, ¿o sí?
Publicado originalmente en Publimetro Chile.
jueves, 22 de agosto de 2013
Responsabilidad
Todos en algún momento de nuestras vidas hemos cuestionado nuestra existencia. No tener el trabajo o la profesión que queríamos, la pareja perfecta o un cuerpo envidiable; nos hace sentirnos mal y nos lleva a un estado de frustración que a veces deriva en cosas más graves, como la depresión. Pero, ¿cómo llegamos a esto?
Es muy fácil culpar a las circunstancias que nos han rodeado o a alguna entidad superior que se ha encargado de hacer de nuestra vida un Infierno. Si fuera así, no seríamos más que títeres del Destino; víctimas de fuerzas misteriosas que juegan con nosotros sólo por diversión. Entonces, ¿qué sentido tendría vivir? Ninguno. Por suerte, la situación es mucho más auspiciosa.
Somos seres racionales, y como tales contamos con un enorme poder: decidir. Tenemos aquí y ahora la posibilidad de cambiar nuestro mundo, nuestro camino. ¿No te gusta tu trabajo? Búscate otro o trata de darle un nuevo enfoque para hacerlo más agradable mientras encuentras algo mejor. ¿No te sientes satisfecho con tu pareja? Siempre puedes terminar esa relación, estar atrapado ahí no te hace bien ni a ti ni a la otra persona. ¿Estás pasado de peso? Nunca es tarde para comenzar a hacer ejercicio y tener una dieta más saludable, ¿no crees? Y puedes hacer lo mismo con casi todos los aspectos de tu vida. Tienes la posibilidad de cambiarlos si lo decides.
En su mayoría, los distintos ámbitos de nuestra vida son responsabilidad de nosotros mismos. Dejarse llevar por la corriente, seguir al pie de la letra los consejos u órdenes de otros o simplemente “ser quedado”, es decidir de forma consciente o inconsciente que los demás o las circunstancias tomen las riendas de nuestro camino. Así, inevitablemente llegaremos a cuestionarnos todo y caer en un hoyo del que muchos no pueden salir.
Mira tu vida. ¿Te gusta? Si tu respuesta es “no”, no está todo perdido. Puedes cambiarla cuando quieras, la decisión está en tus manos. La responsabilidad de asumir el control de las cosas es completamente tuya. Suena difícil, pero tiene una gran recompensa: tu felicidad.
Publicado originalmente en Publimetro Chile.
Es muy fácil culpar a las circunstancias que nos han rodeado o a alguna entidad superior que se ha encargado de hacer de nuestra vida un Infierno. Si fuera así, no seríamos más que títeres del Destino; víctimas de fuerzas misteriosas que juegan con nosotros sólo por diversión. Entonces, ¿qué sentido tendría vivir? Ninguno. Por suerte, la situación es mucho más auspiciosa.
Somos seres racionales, y como tales contamos con un enorme poder: decidir. Tenemos aquí y ahora la posibilidad de cambiar nuestro mundo, nuestro camino. ¿No te gusta tu trabajo? Búscate otro o trata de darle un nuevo enfoque para hacerlo más agradable mientras encuentras algo mejor. ¿No te sientes satisfecho con tu pareja? Siempre puedes terminar esa relación, estar atrapado ahí no te hace bien ni a ti ni a la otra persona. ¿Estás pasado de peso? Nunca es tarde para comenzar a hacer ejercicio y tener una dieta más saludable, ¿no crees? Y puedes hacer lo mismo con casi todos los aspectos de tu vida. Tienes la posibilidad de cambiarlos si lo decides.
En su mayoría, los distintos ámbitos de nuestra vida son responsabilidad de nosotros mismos. Dejarse llevar por la corriente, seguir al pie de la letra los consejos u órdenes de otros o simplemente “ser quedado”, es decidir de forma consciente o inconsciente que los demás o las circunstancias tomen las riendas de nuestro camino. Así, inevitablemente llegaremos a cuestionarnos todo y caer en un hoyo del que muchos no pueden salir.
Mira tu vida. ¿Te gusta? Si tu respuesta es “no”, no está todo perdido. Puedes cambiarla cuando quieras, la decisión está en tus manos. La responsabilidad de asumir el control de las cosas es completamente tuya. Suena difícil, pero tiene una gran recompensa: tu felicidad.
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jueves, 15 de agosto de 2013
Relaciones Honestas
Todos vivimos en una sociedad y estamos constantemente rodeados de gente, con quienes establecemos distintos tipos de relaciones. Vecinos, compañeros de trabajo o estudio, amigos y pareja. Estas relaciones cotidianas definen nuestro día a día y nuestro pasar por el mundo, por lo que son muy importantes.
Las relaciones son organismos vivos que se alimentan de las personas que la componen. Si son mal alimentadas pueden decaer y enfermarse, contagiándonos de paso. Aquí surgen las llamadas “relaciones tóxicas”; vínculos negativos que muchas veces no tienen solución y están condenados a morir, pero que por distintas motivaciones dejamos agonizar por largo tiempo, desgastándonos y sufriendo en el proceso.
Una de las relaciones tóxicas más típica es la de pareja. Es muy fácil dejarse arrastrar a una situación perjudicial para nosotros en este contexto, ya que es innegable que el amor (o algo similar, en ciertos casos) nos ciega. Mezclar los sentimientos y generar imágenes distorsionadas de la otra persona en nuestra mente crea la combinación perfecta para el desastre. Todo es “mágico” al principio, pero al avanzar el tiempo salen a relucir los problemas. Lo lógico sería en este caso tratar de solucionar los conflictos o simplemente cortar el vínculo, pero esta decisión se prolonga con la esperanza de que el otro cambie y todo vuelva a ser tan bueno como al principio; todo esto reforzado por el miedo a la soledad y grandes dosis de baja autoestima.
Otro caso muy frecuente es el de las amistades tóxicas. De características muy similares a la anterior, estas relaciones se caracterizan por una evasión constante de la realidad. Frases del tipo “hemos sido amigos toda la vida” nublan nuestra visión. Porque tener ciertos momentos agradables puede borrar de una vez muchos más eventos o situaciones desagradables. Dicen que los amigos son la familia que elegimos, y a la familia se la respeta y quiere sin importar nada, ¿no?
Si consideramos que una relación tóxica, más que sólo una mala anécdota, es una especie de tumor que nos roba energía y empeora nuestra calidad de vida; no deberíamos tener problemas en extirparla de nuestra existencia. Es ahí cuando la honestidad juega un rol fundamental. Debemos perder el miedo a la verdad y dejar de lado la afición de ocultar todo tras un velo de autoengaño. La gente no cambia y nuestra vida mejora mucho sacando de nuestro camino esas relaciones que no nos benefician. Porque, aunque suene un poco a cliché, es mejor estar solo que mal acompañado.
Publicado originalmente en Publimetro Chile.
Las relaciones son organismos vivos que se alimentan de las personas que la componen. Si son mal alimentadas pueden decaer y enfermarse, contagiándonos de paso. Aquí surgen las llamadas “relaciones tóxicas”; vínculos negativos que muchas veces no tienen solución y están condenados a morir, pero que por distintas motivaciones dejamos agonizar por largo tiempo, desgastándonos y sufriendo en el proceso.
Una de las relaciones tóxicas más típica es la de pareja. Es muy fácil dejarse arrastrar a una situación perjudicial para nosotros en este contexto, ya que es innegable que el amor (o algo similar, en ciertos casos) nos ciega. Mezclar los sentimientos y generar imágenes distorsionadas de la otra persona en nuestra mente crea la combinación perfecta para el desastre. Todo es “mágico” al principio, pero al avanzar el tiempo salen a relucir los problemas. Lo lógico sería en este caso tratar de solucionar los conflictos o simplemente cortar el vínculo, pero esta decisión se prolonga con la esperanza de que el otro cambie y todo vuelva a ser tan bueno como al principio; todo esto reforzado por el miedo a la soledad y grandes dosis de baja autoestima.
Otro caso muy frecuente es el de las amistades tóxicas. De características muy similares a la anterior, estas relaciones se caracterizan por una evasión constante de la realidad. Frases del tipo “hemos sido amigos toda la vida” nublan nuestra visión. Porque tener ciertos momentos agradables puede borrar de una vez muchos más eventos o situaciones desagradables. Dicen que los amigos son la familia que elegimos, y a la familia se la respeta y quiere sin importar nada, ¿no?
Si consideramos que una relación tóxica, más que sólo una mala anécdota, es una especie de tumor que nos roba energía y empeora nuestra calidad de vida; no deberíamos tener problemas en extirparla de nuestra existencia. Es ahí cuando la honestidad juega un rol fundamental. Debemos perder el miedo a la verdad y dejar de lado la afición de ocultar todo tras un velo de autoengaño. La gente no cambia y nuestra vida mejora mucho sacando de nuestro camino esas relaciones que no nos benefician. Porque, aunque suene un poco a cliché, es mejor estar solo que mal acompañado.
Publicado originalmente en Publimetro Chile.
Mentira
¿Por qué mentimos? Ya sea para evitar herir a alguien o para escapar de situaciones complicadas, mentir se ha convertido en una cosa más de las que hacemos diariamente, como comer, dormir y respirar. Pero, ¿alguna vez alguien se ha preguntado cuál es el efecto de esconder constantemente la verdad?
Como pasa con nuestra dieta y lo que comemos, las cosas que hacemos tienen un impacto en nuestra vida. Y todos estos comportamientos que aprendemos desde nuestra infancia nos van modelando de tal forma que ni siquiera nos damos cuenta. Está tan arraigado en nuestras mentes que lo aceptamos como parte de lo que somos. Noticia de último minuto: ¡no lo es!
Cuando empiezas a envejecer te comienzas a sentir raro. Una pequeña voz enterrada al fondo de tu cabeza te grita desde la oscuridad. La mayoría de la gente ignora esta advertencia y sigue viviendo de la forma que lo han hecho hasta ahora, incluso si este extraño evento se produce más de una vez en el transcurso de sus vidas. Es más fácil, al parecer, ignorarlo. ¿Pero qué pasa si no quieres hacerlo? ¡Pues deja de mentir!
Puede sonar imposible, pero se puede vivir sin mentir. “¿Cuáles son los beneficios de esto?”, te preguntarás. Bueno, al principio puede tener algunas contraindicaciones que te harán dudar de tu decisión. Luego te das cuenta que es posible y que tiene varias recompensas. La primera (y más importante) es que esta vocecita que te molestaba no lo hará más. Y no es porque desaparece: se convierte en ti. Porque, verás, esta voz es en realidad tú. Sí, tú. Mentirle a los demás es engañarte a ti mismo, y cuando ya lo has hecho muchas veces, te pierdes. Claro, de vez en cuando despiertas de tu parálisis y tratas de escapar de la tumba en la que te enterraste a ti mismo dentro de tu cerebro, pero es mucho más fácil seguir funcionando de la forma que lo habías estado haciendo hasta ahora... ¿o no?
Yo hace un rato que dejé de mentir. Es muy difícil hacerlo por completo porque es una convención social y, de vez en cuando, un poco necesario. Pero cuando tienes éxito, comienzas a notar cambios de inmediato. Te sientes más cómodo contigo mismo, porque ahora sabes quién eres, y tus interacciones sociales se vuelven más saludables. Dejas de lado gente y relaciones que no eran buenas para ti, y abandonas toda clase de malos hábitos. Y, aunque no lo creas, te empiezas a sentir mejor. Es más, comienzas a sentir de verdad. Porque mentir para vivir no es más que vivir una mentira. ¿Quieres vivir una mentira? Entonces anda al cine. ¿Quieres sentirte bien? La honestidad es el secreto.
Publicado originalmente en Publimetro Chile.
Como pasa con nuestra dieta y lo que comemos, las cosas que hacemos tienen un impacto en nuestra vida. Y todos estos comportamientos que aprendemos desde nuestra infancia nos van modelando de tal forma que ni siquiera nos damos cuenta. Está tan arraigado en nuestras mentes que lo aceptamos como parte de lo que somos. Noticia de último minuto: ¡no lo es!
Cuando empiezas a envejecer te comienzas a sentir raro. Una pequeña voz enterrada al fondo de tu cabeza te grita desde la oscuridad. La mayoría de la gente ignora esta advertencia y sigue viviendo de la forma que lo han hecho hasta ahora, incluso si este extraño evento se produce más de una vez en el transcurso de sus vidas. Es más fácil, al parecer, ignorarlo. ¿Pero qué pasa si no quieres hacerlo? ¡Pues deja de mentir!
Puede sonar imposible, pero se puede vivir sin mentir. “¿Cuáles son los beneficios de esto?”, te preguntarás. Bueno, al principio puede tener algunas contraindicaciones que te harán dudar de tu decisión. Luego te das cuenta que es posible y que tiene varias recompensas. La primera (y más importante) es que esta vocecita que te molestaba no lo hará más. Y no es porque desaparece: se convierte en ti. Porque, verás, esta voz es en realidad tú. Sí, tú. Mentirle a los demás es engañarte a ti mismo, y cuando ya lo has hecho muchas veces, te pierdes. Claro, de vez en cuando despiertas de tu parálisis y tratas de escapar de la tumba en la que te enterraste a ti mismo dentro de tu cerebro, pero es mucho más fácil seguir funcionando de la forma que lo habías estado haciendo hasta ahora... ¿o no?
Yo hace un rato que dejé de mentir. Es muy difícil hacerlo por completo porque es una convención social y, de vez en cuando, un poco necesario. Pero cuando tienes éxito, comienzas a notar cambios de inmediato. Te sientes más cómodo contigo mismo, porque ahora sabes quién eres, y tus interacciones sociales se vuelven más saludables. Dejas de lado gente y relaciones que no eran buenas para ti, y abandonas toda clase de malos hábitos. Y, aunque no lo creas, te empiezas a sentir mejor. Es más, comienzas a sentir de verdad. Porque mentir para vivir no es más que vivir una mentira. ¿Quieres vivir una mentira? Entonces anda al cine. ¿Quieres sentirte bien? La honestidad es el secreto.
Publicado originalmente en Publimetro Chile.
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