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viernes, 24 de enero de 2014

No te necesito

Pocos meses después de terminar mi primera -y larga- relación sentimental, comencé a escuchar a la banda sudafricana Die Antwoord. Su música es bastante agresiva y de un contenido altamente sexual, pero es tan diferente a mí que en realidad me causa mucha gracia escucharlos. Una de sus canciones, que aparece en el album $O$, me llamó especialmente la atención. Se llama “I don't need you” (“No te necesito”), y habla en duros términos en contra de una ex pareja. Se podría decir que es como un balde de mierda arrojado sobre alguien a través de la música.



Por ser yo quien puso fin a mi relación, no tenía ninguna excusa para utilizar esta bomba sonora en contra de mi ex, por lo que toda esa pasión que generaba en mí cada vez que la oía iba dirigida a alguna malvada mujer imaginaria. No sabía que dentro de algunos meses más aparecería y luego desaparecería una chica que, en algunos momentos, cumpliría en pequeñas dosis con el rol. Pero, pese al sufrimiento que tuve que pasar tras esa fugaz relación, no se sentía bien emplear esta canción en su contra. No se la merecía.

Ahora, cuando la niebla que envolvía mi vida afectiva finalmente comienza a disiparse, vuelvo a escuchar esta canción y no me provoca las mismas emociones que antes. Irónicamente, podría decir que más que rabia, siento cierto alivio al oírla. De una pésima experiencia como fue el haber tenido el corazón roto durante los últimos meses, he extraído una gran lección vital. “I don't need you” se ha convertido en la clave para comprender esta lección.

Mi mayor tristeza no vino del hecho de que aquella mujer de la que me enamoré se haya apartado de mi lado o de que, luego de eso, tomara la decisión de terminar con la opción de tener un presente o un futuro juntos. El dolor más grande fue perder su amor; ese amor que en ese tiempo y por los largos meses que siguieron creí necesitar. Entonces, algo cambió. Aquel sufrimiento repentinamente se detuvo y el título de la canción se tradujo en mi mente como una señal inequívoca del Destino: no la necesito.

Enamorarme fue algo nuevo para mí. En el pasado fui muy racional para enfrentar mis emociones y me cerré a sentir algo más profundo. Mi vida se sentía vacía dentro de una relación y luego, fuera de ésta. Al aparecer esta nueva mujer en mi vida, creí encontrar lo que me faltaba, lo que necesitaba. Pero “necesitar” a alguien para sentirse completo no es correcto. Una persona es un todo en sí misma, y lo que sea que le falte para llenar los vacíos de su existencia es su responsabilidad y no la de alguien que llegue a mágicamente solucionar sus problemas.

Meses y meses, algunos días más y otros menos, una desagradable sensación me molestaba. Sabiendo lo que sé ahora me siento un poco estúpido. Todo ese tiempo y energía dedicados a sufrir se ven, en este momento, como algo innecesario. Sin embargo, ésto quedó en el pasado. Pagué por adelantado un karma que no debería volver a repetir, y me siento afortunado de poder mirar hacia atrás y estar seguro de que lo peor ya ocurrió.

Sea quién sea la que venga ahora en mi vida, no será alguien que deba hacerse cargo de mí. Soy un hombre simple y complejo a la vez. Superficial y profundo, simpático y serio. Soy un hombre único. Y sí, soy imperfecto, y mucho. Pero tú, querida futura mujer amada, tú debes saber algo: no te necesito. Tú estarás junto a mí porque así lo quieres y porque yo también quiero que así sea. Estarás en mi vida porque quiero a alguien a mi lado para compartirla y disfrutarla aún más de lo que ya la disfruto solo. Reiremos, hablaremos por horas y haremos el amor cientos, miles de veces. Gozaremos de nuestras respectivas vidas y de el tiempo que pasaremos juntos. Seremos tan felices que lloraremos sólo porque la risa no nos bastará para expresar lo que sentimos, pero serán lágrimas alegres que yo secaré con besos en tu cara... Sí, es verdad, no te necesito, pero deseo con todo mi ser el comenzar a vivir el resto de mis días junto a ti. No te necesito, pero quizás aún sin conocerte, creo que ya te amo.

martes, 10 de diciembre de 2013

Yo morí en San Pedro.



Sentado en mi cama, de regreso en Santiago, contemplo como mi vida anterior termina de caerse a pedazos. San Pedro de Atacama cambió mi existencia para siempre.

A todo el mundo le conté acerca del viaje que iba a emprender. Cuando me preguntaban cuál era mi motivación, yo les respondía: “voy a morir al desierto.” Me gustaba el impacto que creaba en la gente, luego del cual les explicaba que era una muerte más poética, espiritual. Esa era mi idea.

Los últimos meses habían sido muy difíciles. El alejamiento de la mujer que amaba sólo intensificó el vacío y la falta de sentido que me había seguido desde el comienzo del año, al quedar en la ruina luego de mis locos primeros meses de soltería. El fantasma de la bella noruega que por un tiempo hizo que mi camino cobrara cierto sentido comenzó a molestarme demasiado. Necesitaba olvidarla y de paso encontrarme a mí mismo para poder proyectarme en el futuro.

Seguí una especie de “llamado” que me condujo hasta el norte de Chile, a San Pedro. Aquel pueblo en el medio del desierto de Atacama parecía el lugar perfecto para desconectarme de la angustia de Santiago, de mi vida diaria. Como por arte de magia, todas las condiciones se dieron de forma perfecta para que yo acabara ahí aquel día Viernes 6 de Diciembre.

Mi primer día en San Pedro de fue de lo mejor. Estaba aburrido, mi hostal estaba desierta, nadie con quién hablar. Sí, yo buscaba tranquilidad, soledad; pero me estaba matando. De todas maneras, aquella noche lo decidí: “ella no me ama, no perderé más mi tiempo sufriendo por ella.” No más noruega, no más dolor en mi corazón.

Dormí muy mal, pero dormí. No había logrado hacerlo en las últimas 35 horas. En la mañana siguiente, alrededor de las 11 AM, pensé que sería una buena idea dar una vuelta por el pueblo y sus alrededores, antes de que el calor del desierto se intensificara al avanzar las horas.

Caminé por la avenida principal, Caracoles, hasta que las casas y la gente dieron paso a lo que en realidad estaba buscando: el desierto. Seguí caminando en línea recta, crucé la carretera y continué por entre medio de la tierra, las plantas secas y las piedras multicolores que adornaban el piso seco bajo el sol de mediodía. De pronto, lo vi. Un cerro pequeño color café claro se erguía majestuoso tras unas dunas más oscuras. Tenía que ir hacia allá.

Ya de cerca, las dunas de arena oscura y piedras no eran tan pequeñas como se veían desde lejos. Aún así, las logré cruzar sin mucho esfuerzo. Una vez abajo, me encontré de frente con aquel cerro. Si las dunas eran altas, este cerro era un monstruo. Al menos 400 metros sobre mí estaba la cumbre más alta, y la sola imagen de esta bestia de tierra era intimidante. Pensé en simplemente dar la vuelta y regresar, pero un impulso me llevó a al menos intentar subir un poco. “Ya estoy aquí”, pensé. Atravesé el terreno arenoso que me separaba del pie del cerro y comencé el ascenso.

Al igual que mientras cruzaba el desierto, grabé algunos minutos de video con mi teléfono móvil, para documentar mi proeza. Ya casi en la cima, me sorprendí de que, pese a lo cansado que estaba, aún tenía las energías suficientes como para seguir subiendo. Y lo hice. A los pocos minutos estaba a varios metros del piso, en el punto más alto del cerro que desde abajo se veía tan monstruoso. Me sentí genial. Vi cómo el haber realizado este acto que parecía imposible en un principio reforzaba inmediatamente mi autoestima, mi ego. Por fin San Pedro comenzaba a rendir los frutos que esperaba.

Grabé otro video, tratando de sonar profundo y reflexivo en mis palabras. Apilé unas rocas con la forma de la inicial de mi nombre, “E”, para dejar mi huella ahí. Pensé en quedarme unos minutos en ese lugar, contemplando el pueblo y el desierto desde la altura, pero el calor me empezó a molestar. Emprendí mi descenso.

La pendiente cerro abajo no era muy inclinada en los primeros metros de mi bajada. De hecho, era gracioso cómo la tierra se hundía si pisaba muy fuerte. El cerro parecía firme, pero estaba hecho de arena, barro seco y cristales de sal. Saltar desde alturas que en un terreno más duro sería doloroso, en este caso era fácil. Lo blando del piso amortiguaba bien las caídas.

A medio camino hacia abajo, la pendiente del cerro comenzó a hacerse cada vez más inclinada. En algunos puntos bajaba sólo para encontrarme con un barranco al que me acercaba sigiloso para ver la muerte segura que me acechaba si caía en él. Aún así, conseguía encontrar otra ruta que me permitía seguir bajando sin contratiempos. Lamentablemente, no por mucho.

Adonde mirara, sólo veía abismos. Había llegado a un punto de no retorno en el que se me acabaron las posibilidades de bajar de forma segura. Me armé de valor y comencé a bajar esta pared de tierra con cristales de sal sobresaliendo, brillando con la luz del sol. Logré así llegar bien hasta más de la mitad de la altura que me separaba del suelo. Entonces ocurrió.

Como los peores desastres de la historia, todo pasó en cuestión de segundos. Las protuberancias de tierra en las que apoyé mis pies no soportaron mi peso y los cristales de los que me afirmé tampoco. Comencé a deslizarme cerro abajo a gran velocidad, cubierto por una nube de arena que se colaba en mis oídos y ojos. El ruido de piedras y tierra cayendo sobre mí y a mi alrededor era ensordecedor. ¿Han oído que cuando uno está a punto de morir ve su vida pasar frente a sus ojos como una película? Yo no quise verla. Me aferré a la vida más fuerte de lo que traté de agarrarme a ese cerro que se desmoronaba sobre y bajo mío.

Mis piernas hicieron el trabajo más duro. Con mis manos me aseguré de no darme vuelta y rodar cerro abajo, mientras frenaba con los pies. Fue ahí cuando lo sentí. Mi pie izquierdo chocó con algo duro. Siguió un gran dolor que luego no sentí más. Cuando finalmente me detuve, a unos 20 metros desde donde comencé a caer, me senté, gimiendo de miedo y dolor, tosiendo el polvo que seguía cayendo sobre mí. Estaba vivo aún.

Miré dónde había caído. Todavía quedaban unos 100 metros para seguir bajando, pero con una pendiente menos inclinada. Estaba vivo, sí, ¿pero por cuánto tiempo más? Hurgué en mi bolsillo y revisé si mi teléfono celular aún funcionaba. Estaba intacto. Instintivamente lo puse en modo cámara y comencé a grabar. Sólo habían transcurrido unos pocos segundos de mi accidente, pero el panorama era desolador. Solo, con mi pie izquierdo roto, debía llegar abajo del cerro usando solamente un pie y tratar de alcanzar la carretera para conseguir ayuda, ya que estaba en una zona no turística. Grabar un video era la opción lógica. “No me arrepiento de nada... los quiero mucho” le dije a la cámara. Era mi despedida.



La carretera se veía a unos 2 kilómetros de distancia, y desde mi posición podía observar un camino que atravesaba las altas dunas que había cruzado para llegar al cerro. “Este desierto culeado no me la va a ganar” exclamé. Con mi pie derecho adelante y apoyando mi trasero en el piso comencé a bajar. Tenía que salir de ese maldito cerro. No me importaba cómo mis manos y mis nalgas se raspaban y cortaban con los cristales de sal o se quemaban con la tierra ardiente por el sol. Sonreí y traté de calmarme pensando en la gran anécdota que esta experiencia sería. Me imaginé a mi familia, a mis amigos... recordé a esa chica con la que quería tomar un café... quería mi vida de vuelta. No podía morir ahí, ni así.

Gritando de dolor y frustración llegué abajo. Lloraba de rabia y mis gemidos hacían eco entre el cerro y las dunas. Estaba completamente solo, no tenía idea dónde. El camino que creí divisar desde lo alto ya no se veía, todo era tierra y piedras. Me puse de pie, pero inmediatamente caí. El dolor de mi tobillo izquierdo era mucho. Me puse de pie nuevamente, esta vez sólo apoyando mi pie derecho, y así, saltando, logré avanzar tres tramos de unos 100 metros cada uno. Al final quedé exhausto. El calor y la altura me estaban desgastando rápidamente. Me senté en el piso caliente. Saqué el teléfono de mi bolsillo y llamé a la ambulancia. Contestaron. Les expliqué mi situación. “Espera, te llamaremos de vuelta.” A los pocos minutos, la voz de una joven al otro lado de la línea me calmó. “Hola, Eduardo. Te llamo de Bomberos. Vamos en camino.”

Transcurrieron unos 15 minutos hasta que oí las sirenas del camión de bomberos por primera vez. Por fin la ayuda venía por mí. Pero pronto el sonido desapareció, tras el cerro. La chica me llamó de nuevo y le dije que el camión pasó de largo. Ella me pidió más instrucciones y volví a esperar. Este proceso se repitió varias veces.

Tras una hora y media del accidente, el sol comenzó a afectarme. Perdí más de la mitad del agua de la botella que llevaba conmigo al caer. El impacto la aplastó y vertió casi todo el líquido en la arena. No había sombra por ninguna parte y ya eran casi las 3 de la tarde, la hora de más calor en Atacama. “Creo que me voy a desmayar” le dije a la operadora cuando me volvió a llamar. Sentía cómo lentamente mi cabeza se sentía más ligera y mis ojos más pesados. “No te preocupes, yo voy a estar contigo. No dejes de hablarme” dijo ella. Seguí dándole instrucciones por media hora más, hasta que oí que alguien gritaba mi nombre tras las dunas oscuras. “¡Acá!” grité. Estaban cerca.

Transcurridas dos horas bajo el intenso sol del desierto, casi como un espejismo, divisé una silueta humana asomándose al tope de la duna más lejana a mí. Comencé a agitar la delgada chaqueta de tela que llevaba conmigo en el aire y a gritarles para que me vieran. “Ya me encontraron” le dije a la chica al otro lado del teléfono; “muchas gracias por todo.”

Dos hombres y una mujer llegaron a mí, con una camilla de plástico amarillo fosforescente en la que me ataron e inmovilizaron, para luego llevarme a la ambulancia. Reí. Estaba a salvo. Tan tranquilo estaba que ni siquiera me molestó la larga y gruesa aguja que enterraron en mi brazo para ponerme suero y llevarme a la pequeña clínica del pueblo. Ya todo estaría bien...

Tras casi dos días de travesía desde mi tragedia, me encontré con mi pie enyesado, volando desde Calama de regreso a Santiago. Tenía una fractura horrible que me impediría caminar por un tiempo, pero el dolor era soportable. La angustia por la gran cantidad de dinero que había gastado dolía más. Una de las azafatas del avión se acercó a mí con una bandeja con bocadillos. Saqué el plástico protector y tomé el chocolate que había entre las demás cosas. Le dí una mordida y cerré los ojos para saborearlo. Comencé a llorar. Estaba delicioso y yo estaba vivo para probarlo. Estaba vivo.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Gratitud

Mi madre siempre me repetía este dicho: “no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes.” Creo que me lo dijo tantas veces que nunca me detuve a analizar el sentido de la frase. Ahora, con mi historia personal a cuestas, puedo dimensionar qué es lo que mi madre trataba de transmitirme con aquellas palabras.

Es muy fácil, mientras hacemos el recorrido de nuestra existencia, considerar obvias muchas cosas. Una vez las que conseguimos, seguimos adelante, buscando conseguir lo siguiente. Pero, al igual que nuestra vida no esta garantizada, tampoco lo están los elementos que la componen. Desde cosas materiales, habilidades o conocimientos, hasta personas. Nada puede darse por sentado. No tenemos ningún poder por sobre los eventos que nos rodean ni mucho menos sobre lo que es ajeno a nosotros mismos.

Ante esta visión, que puede parecer pesimista, parece no haber opciones. Sin embargo, la clave para lidiar con esto es muy simple: gratitud. Ser agradecido es un acto elevado y de enorme poder. Nos da conciencia de qué es lo que tenemos, pero, más que eso, lo integra como parte de nosotros. Al agradecer lo mucho o poco que tengamos, alimentamos nuestro espíritu con dicha. Detenerse de vez en cuándo y redescubrir nuestro mundo es un ejercicio que se siente muy bien.

La naturaleza humana es imperfecta. Cada uno de nosotros tiene virtudes, pero también falencias. Aceptar aquellas imperfecciones es difícil, pero al hacerlo y tener conocimiento de éstas, el enfrentar nuestra vida se hace mucho más llevadero. Tener presentes nuestras limitaciones nos hace más fuertes, y el agradecer nuestras virtudes nos permite tomar el control de las herramientas con las que contamos para enfrentar la vida.

Por otro lado, ¿qué sería de nuestra vida sin las personas que nos rodean? Es cierto que a veces elegimos la compañía errónea, pero agradecer por nuestra gente siempre es un buen método de descarte. Cuando nos damos cuenta de que las razones para estar agradecidos de la presencia de alguien en nuestra vida son mucho menores que las justificaciones para aún mantener a ese alguien con nosotros, es la mejor forma de “limpiar el plato” de nuestro entorno. De la misma forma, es en estos momentos en que descubrimos a quiénes sí valen la pena. Es una oportunidad de fortalecer los lazos que nos unen a esas personas. Sean amigos, pareja o familia, el vínculo por sí solo no sirve. El amor, el respeto y la preocupación por el otro es lo que mantiene viva esta unión. Olvidar ésto es lo que hace que las relaciones se quiebren o se desgasten de forma irreparable.

Ni la vida ni nada de lo que hay en ella son eternos. Agradecer cada día por lo que tenemos es un acto de vital importancia. No esperes hasta perder algo o a alguien para darte cuenta de lo importante que era para ti. Comienza con la gratitud ahora.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Imperfección

Me gusta la imperfección; es parte de la naturaleza humana. Quiénes aceptan este hecho y pese a sus limitaciones logran sus metas, sean estas imposibles o simples, son más perfectos que Dios mismo.

martes, 29 de octubre de 2013

Vida moderna

Es detestable, pero cierto: la vida moderna es un círculo de auto-consumo. Trabajamos para pagar y saciar nuestras necesidades básicas, como comer, vestir y tener un lugar donde vivir. ¿Y para qué? Para estar sanos y bien alimentados para poder seguir trabajando... y seguir saciando nuestras necesidades. Pero el sistema capitalista tiene varios mecanismos para asegurarse que no nos demos cuenta de ésto, o no tan fácilmente. Nos ofrece productos y experiencias que “debemos” tener o vivir. Autos, productos de todo tipo, viajes, cirugías plásticas. Y si con esto no tenemos suficiente, nos bombardea con mejores opciones de vida sólo alcanzables por medio de grados académicos, apariencia física o estatus social. Nuevamente, todo en pos de sacar nuestras mentes de ver la realidad: las vueltas pueden ser más o menos grandes, pero ninguna nos saca del mismo círculo en el que todos estamos atrapados.

Respiramos para no morir, no morimos para seguir respirando...

Hasta aquí parece que todo está mal, pero se puede salir del círculo. Podemos ser dueños de nuestra vida y nuestro tiempo si sacrificamos ciertas comodidades o lujos y vivimos una vida más austera, de tal manera de no tener que esclavizarnos en un trabajo “rentable”, pero que no nos llena. Pero, más importante que eso, si hurgamos en nuestro corazón podremos encontrar nuestra verdadera pasión. Si lo conseguimos, el trabajo parecerá diversión y el dinero que ganemos con éste, un premio. Esa es mi meta y espero que lograrla inspire a más personas a luchar por conseguir las suyas. Ese sería por supuesto un gran premio adicional.

viernes, 25 de octubre de 2013

Matrimonio

Hace poco rato me llamó mi prima, a quién considero mi hermana mayor. A menos de un mes en que me pidió mi consejo por un asunto sentimental, me dijo que gracias a mis palabras tomó una decisión muy importante. El hombre con el que estuvo saliendo será, en algunos meses, su marido. Sí, sólo bastó un mes y un poco más de estar juntos para que ambos decidieran dar este paso. “Sigue a tu corazón” le había aconsejado. Me hizo caso.

Consideró que mi prima vendría siendo mi primera “clienta” como gurú de la Autoayuda. Al mismo tiempo, no puedo evitar pensar que ese podría haber sido yo. Seguir siempre mis propios consejos y hacerlos parte de mi vida. Pero soy humano y aún me falta un buen tramo para llegar al camino de la Luz. En el intermedio trataré de aprender lo más que pueda, cagándola lo menos posible. Por lo menos comencé bien. El amor triunfó. No en mí, pero sí en mi prima.

sábado, 19 de octubre de 2013

Elegir

Cuando recorremos el camino de nuestras vidas, hay momentos en que la ruta frente a nosotros se abre en muchas vertientes distintas. Sea cual sea el camino que tomemos, esta decisión es definitiva y no tiene vuelta atrás. El pasado es invariable, la vida es una carretera de un solo sentido. Sabiendo esto, la tarea de elegir un camino en concreto se pone cuesta arriba. Pese a eso, la elección debe ser tomada, ya que aunque tratemos de esquivarla o posponerla lo más posible, el tiempo sigue avanzando y nos seguimos moviendo hacia adelante, forzados inevitablemente en alguna dirección.

Tomar una buena decisión requiere de sabiduría y coraje. Al igual que en el mundo que nos rodea, en la vida hay una gran gama de colores, lo que significa que no siempre tendremos que elegir entre dos tonalidades completamente distintas, blanco o negro. Saber identificar qué opción tomar y tener el valor para enfrentar las consecuencias de esa decisión es vital para mantenernos bien encaminados.

La honestidad toma un rol fundamental en cualquier elección que hacemos. Sincerarnos con nosotros mismos y llevar esta verdad a la realidad debería ser siempre nuestra primera prioridad. Tomando esta actitud no sólo nos aseguramos de no tomar decisiones influenciados por los demás o el entorno, sino que tomamos el control de nuestra vida y seguimos un camino en concordancia con nuestros deseos.

Llegan momentos, sin embargo, en que la elección es mucho más compleja. Cuando nuestra decisión no sólo nos afecta directamente a nosotros e influye también sobre la vida de otras personas, entran en juego otras variables. Nuestra empatía con el otro se entremezcla con la culpa que nos generaría pasar a llevar sus intereses al momento de elegir. Nuevamente la honestidad puede ser la mejor guía. ¿Es mejor, por evitar un daño menor, tomar una opción que a la larga generará un daño mucho mayor? La respuesta es bastante obvia.

Vivir en plenitud implica tomar conciencia de nuestras acciones, ya que toda consecuencia de éstas, errores o aciertos, serán nuestra responsabilidad. Por otro lado, esta responsabilidad también representa un gran poder. Tomar decisiones, elegir, nos da control sobre nuestra vida. Porque el camino está plagado de rutas alternativas, y al elegir reducimos todo ese ruido que de no tomar una decisión retumbará por siempre en nuestras cabezas. Las posibilidades son infinitas, el pasado es sólo uno. Has lo que sientas cuándo lo sientas.

Publicado en Publimetro Chile.

viernes, 4 de octubre de 2013

Para qué.

Un hombre de mediana edad llega a ver a un doctor. El doctor, antes de revisarlo, le hace algunas preguntas.

Doctor: -¿Por qué ha venido aquí, señor?
Hombre: -Porque quiero vivir hasta los 100 años.
Doctor: -¡Ah, muy bien! Dígame, ¿usted fuma?
Hombre: -No, doctor, nunca he encendido un cigarrillo en mi vida.
Doctor: -Perfecto. Entonces, me imagino que bebe.
Hombre: -¡Para nada! Soy abstemio, me da asco el licor.
Doctor: -Drogas ni hablar.
Hombre: -¡Nunca!
Doctor: -Interesante. ¿Y qué tal es para comer? Me imagino que le encanta la buena mesa.
Hombre: -La verdad, doctor, es que sólo como alimentos saludables y orgánicos, en la cantidad justa.
Doctor: -Mmmm... ¡Ah, pero ya sé! Usted es un galán, le gusta ir de mujer en mujer, ¿o no?
Hombre: -De ninguna manera, soy un hombre felizmente casado y soy muy fiel a mi esposa, aunque rara vez tengamos sexo.
Doctor: -Entonces, una última pregunta: ¡¿PARA QUÉ MIERDA QUIERE VIVIR HASTA LOS 100 AÑOS?!


¿Qué hacemos de nuestra vida?

Nos concentramos tanto en alcanzar metas externas, en la búsqueda de la felicidad en logros materiales que creemos personales, que olvidamos que nuestro tiempo en la Tierra no está asegurado. La única verdad absoluta es que algún día moriremos y cada paso que damos nos acerca inevitablemente a ese final. ¿No es mejor a veces detenerse y disfrutar de lo que tenemos y nos hace felices? ¿Acaso no prefieres tener una vida feliz que un estante lleno de trofeos, bolsillos repletos de dinero o una pared tapada de diplomas? ¿Necesitas recorrer todo el mundo para darte cuenta que tu felicidad no estaba en los lugares, sino en las personas que dejaste en el camino?

Has lo que sientas cuándo lo sientas.

jueves, 3 de octubre de 2013

Sentir.

"Las posibilidades son infinitas, el pasado es sólo uno. Has lo que sientas cuándo lo sientas."

Demasiadas veces hacemos lo que nos dicen que debemos hacer o lo que nos enseñan que es "correcto." Si hay algo que he aprendido en mi vida es que, si somos honestos con los demás y con nosotros mismos, podremos encontrar las respuestas a nuestras preguntas en nuestro corazón. La vida es muy larga para arrepentirnos de lo que no hicimos, y las miles de posibilidades de lo que pudo haber sido serán como un fantasma que nunca te dejarán tranquilo. ¡Escucha tus sentimientos y actúa!

sábado, 21 de septiembre de 2013

Dejar ir.

Existe un dicho que dice “si amas a alguien de verdad debes poder dejarlo ir; si te ama también, volverá a ti.” Y así como en el amor esta frase se puede aplicar perfectamente, tiene sentido para muchos otros aspectos de nuestras vidas.

Lidiar con la derrota o el sentimiento de pérdida es muy difícil. Cuando llega aquel punto en que sin importar lo que hagas, el resultado sigue siendo el mismo, es frustrante. No sólo eso, afecta seriamente la autoestima, la seguridad y el amor propios. Nos hace sentir inútiles, indefensos ante las circunstancias; pero esto tiene que ver más con la crianza moderna que con una realidad.

Se habla de que hay que saber ser un buen ganador y un buen perdedor. Pero claro, nadie quiere estar en esa última posición. La derrota nos convierte en “perdedores”, pero ese concepto no se queda en el episodio puntual y pasa a definir nuestra existencia en su totalidad. Nos aleja del “camino correcto”, del triunfo y, en última instancia, del éxito que tanto nos presionan a conseguir.

En la loca carrera por alcanzar metas cada vez más elevadas, en esa búsqueda incesante que el medio nos impone por ganar una y otra vez, se deja de lado muchas veces el gran valor que tiene perder. Porque si bien el triunfo es siempre gratificante, el no conseguirlo nos hace luchar aún más. Fortalece nuestro carácter y nos hace más resilientes. Nos hace cuestionarnos, por lo que demanda más de nuestra creatividad, de nuestra capacidad de adaptarnos y de enfrentar los problemas desde ángulos que no habíamos visto antes. Nos prepara mucho mejor para ganar y nos blinda contra nuevas derrotas.

Pero hay veces en que no hay vuelta atrás, en que la pérdida es total y no hay nada que se pueda hacer al respecto. En estos casos sólo se puede hacer un último sacrificio, la prueba más complicada: aceptar. Porque dejar ir es eso, la aceptación final de que no está en nuestras manos hacer algo, de que hemos sido superados. Pero más allá de la lógica, hay un instinto que nos obliga a seguir la batalla, a no darnos por vencidos. Combatir esta sensación es casi imposible. Reconocer la pérdida es una tarea titánica.

Superar la derrota es sin duda es un gran paso para ser mejores personas, pero dejar ir nos convierte en seres humanos mucho más completos. “Has todo lo que puedas hacer para cambiar lo que está dentro de tus posibilidades y no te preocupes por lo que simplemente no puedes cambiar.” Esta frase lo hace sonar muy fácil, pero aplicarlo en tu vida no lo será. Sin embargo, una vez que lo hayas entendido, lo podrás lograr. Seguir este otro dicho te liberará de una enorme carga y te ayudará a dejarla ir.

Publicado originalmente en Publimetro Chile.

jueves, 5 de septiembre de 2013

El amor en los tiempos de la individualidad

¿Qué es el amor? En parte es ese sentimiento que recubre nuestro pecho y lo inunda con una sensación agradable que nos hace pensar que todo estará bien mientras estemos con esa persona. Pero también es entrega, es dependencia, es tiempo y apego, es afecto desinteresado. Es trascender nuestra propia identidad y pasar a ser Uno con el otro. Esto, tan noble, se ha vuelto casi imposible en nuestra sociedad actual.

Se nos ha inculcado la importancia del éxito, de los logros personales y profesionales, de alcanzar grandes metas. Estamos convencidos de que podemos alcanzar el Cielo aquí en la Tierra mediante nuestro trabajo y estudios. Hemos aprendido a competir por todo, a ser los mejores y a dejar a todos los demás atrás para ser nosotros siempre los primeros. Vivimos la vida como si de una carrera se tratara, sintiéndonos orgullosos de cada obstáculo que sorteamos, sin preocuparnos si dejamos a otro competidor tirado en el camino. “La vida moderna” le llaman.

En esta forma de vivir no hay espacio para el amor. Claro, muchos no lo notan. Parte del camino a recorrer implica eventualmente emparejarse, formar una familia y criar hijos que serán los herederos de nuestros logros, perpetuando nuestra forma de ver y vivir la vida. Todo eso parece ser amor, pero de éste sólo hay pequeños chispazos que de vez en cuando alcanzan para iluminar un poco la existencia de quienes creen de verdad sentir esta emoción.

El verdadero amor no se puede generar bajo estas circunstancias. Una sociedad en la que se valora tanto la individualidad forma seres humanos desprovistos de lo que se requiere para amar. El afecto esta supeditado a la razón, a la conveniencia. La búsqueda de compañero responde más a temas materiales o de estatus. ¿O no han notado el síndrome del “vestido de novia en la cartera”? Por ridículo que suene, este tema se da, y mucho. Pasada cierta edad, tanto hombres como mujeres solteros o con pareja ceden a la presión del medio para finalmente dar el paso definitivo y casarse. Esta decisión, lejos de ser motivada por razones sentimentales, es netamente guiada por el “deber ser”, con los consiguientes vicios que esto conllevará después.

La independencia y la libertad son la más pura representación de la naturaleza humana, pero también parte de nuestra naturaleza es establecer nexos emocionales con otros. De estos lazos, el más importante es el que de forma altruista decidimos tener con nuestra pareja. En esta relación no hay cabida para individualismos de ningún tipo. El amor real es el gozo de compartir lo que se es y se tiene, recibiendo a cambio lo mismo. Es formar un proyecto en común que será mejor que lo que se pudiera conseguir por separado. En el fondo, el amor significa dejar de lado la individualidad y vivir bajo un nuevo concepto, mucho más hermoso: Unidad.

Publicado originalmente en Publimetro Chile.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Querer o necesitar.

Los Rolling Stones tienen una canción muy buena. Se llama “You can't always get what you want” (no siempre puedes tener lo que quieres), y dentro de sus líricas de fines de los sesentas contiene una verdad absoluta: es imposible obtener todo lo que quieres, pero a veces consigues lo que necesitas.

En la generación exitista de la que somos parte, el lograr todas tus metas y conseguir todo lo que quieres es sinónimo de triunfo. Por lo mismo, la mayoría de nosotros nos vemos prácticamente obligados, por la sociedad o nuestra propia voluntad, a llegar a este anhelado éxito. Llegar a la cima es el objetivo.

Pero, ¿qué es el éxito? ¿Cuándo sabemos que lo hemos alcanzado? Es un término tan ambiguo y subjetivo que a muchos les toma toda su vida perseguirlo para conseguirlo, sin nunca sentir realmente que lo alcanzaron. Lo que no le enseñan a nadie es que nuestras metas y objetivos van cambiando a lo largo de nuestra vida. La madurez y las circunstancias van moldeando nuestros deseos, haciendo a veces que lo que queríamos con fervor hace algún tiempo atrás se vea como una estupidez ahora.

Esta tendencia de perseguir “lo que queremos” no sólo se lleva al plano de realización profesional, vocacional, académica o financiera. Nuestra vida personal también se ve invadida por estos deseos de triunfo. Rodearnos de gente de sólo cierta clase social, nivel económico o intelectual; establecer relaciones sentimentales exclusivamente con personas ideales en términos físicos, o simplemente esperar alcanzar un nivel de superioridad de algún tipo frente a los demás; son tentaciones en las que muchos caen.

La vida se puede planificar y es muy beneficioso trazarnos metas para tener un sentido, un objetivo. Pero, al igual que todas las cosas, la vida va cambiando con nosotros y a medida que la recorremos podemos encontrar nuevas metas en el camino que nos den mucho más de lo que esperábamos alcanzar con las anteriores. El secreto está en ser flexibles y receptivos frente a estas nuevas oportunidades. Nuestra felicidad no depende de tener o lograr todo lo que queremos, si no en agradecer y disfrutar de vez en cuándo también de lo que nos hace bien. Al final, ¿quién necesita el “éxito” cuándo tiene todo lo que necesita?

Publicado originalmente en Publimetro Chile.

jueves, 29 de agosto de 2013

Balance

Hace bastantes años atrás, el filósofo alemán G. W. F. Hegel escribió en su dialéctica del amo y el esclavo una historia que, pese a todo el tiempo que ha pasado, sigue dictando la tendencia de las relaciones humanas actuales, principalmente las de pareja.

Hegel le dio en el clavo: en las relaciones siempre hay alguien sometido, ya sea por tener un carácter más débil o porque su entrega lo hace más vulnerable y fácil de manipular. Por su lado, el otro actúa como el “amo”, sometiendo o abusando del “esclavo”, de manera consciente o inconsciente, con el poder que le da su desapego. Lo sorprendente es que, pese a lo insano de esta situación, la mayoría de las parejas funcionan así. Es más, a veces incluso se da el caso de que la balanza se invierte y el que antes fue sometido toma el poder y asume el rol de amo.

Mirado racionalmente, este tipo de control mutuo no es saludable. Pero, en la práctica, funciona. Claro, todas las dictaduras funcionaron muy bien en su momento. Ahora, por supuesto, no hay ninguna que aguante por siempre. Ya hemos visto lo que ha pasado con la llamada Primavera Árabe, y haciendo la conexión con el plano sentimental, por lo general este tipo de regímenes también están condenados a desbaratarse con una revolución . Y, como sucede con cualquier revolución, los subordinados y oprimidos esclavos se levantarán contra sus amos y tomarán el mando.

¿Hay alguna alternativa a todo esto? Porque si lo vemos con objetividad, toda relación parece seguir el mismo patrón. Jefes con empleados, padres con hijos, amigos con amigos... ¿es posible detenerlo? Sí, y no es necesaria una revolución. La palabra clave es balance.

Una relación bien llevada siempre partirá de la base de que existe un balance entre los miembros que la componen. Un equilibrio perfecto de afecto, entrega, pasión, fidelidad y respeto. Nadie quiere más, nadie ama menos. Ambos entregan lo mejor de sí desinteresadamente, sin esperar una retribución a cambio. Osea, no puede ser más obvio porque se llama una “pareja.” Ambos están en igualdad de condiciones.

No son necesarios esos infantiles juegos de “ignorar para atraer” o de “hacerse el interesante.” Ese tipo de tácticas que usan ambos sexos para conquistar son el ingrediente perfecto para que se comience con un desbalance. Lamentablemente, nos criaron con este pensamiento y las relaciones que establecemos vienen ya contaminadas con estas creencias. Pero se puede tener algo mejor. El balance existe y no es imposible lograrlo. Cuando te das cuenta del engaño que has vivido no pararás de buscar el equilibrio en tu relación actual o en una futura. Porque, seamos sinceros: a nadie le gusta vivir en una dictadura, ¿o sí?

Publicado originalmente en Publimetro Chile.

jueves, 22 de agosto de 2013

Responsabilidad

Todos en algún momento de nuestras vidas hemos cuestionado nuestra existencia. No tener el trabajo o la profesión que queríamos, la pareja perfecta o un cuerpo envidiable; nos hace sentirnos mal y nos lleva a un estado de frustración que a veces deriva en cosas más graves, como la depresión. Pero, ¿cómo llegamos a esto?

Es muy fácil culpar a las circunstancias que nos han rodeado o a alguna entidad superior que se ha encargado de hacer de nuestra vida un Infierno. Si fuera así, no seríamos más que títeres del Destino; víctimas de fuerzas misteriosas que juegan con nosotros sólo por diversión. Entonces, ¿qué sentido tendría vivir? Ninguno. Por suerte, la situación es mucho más auspiciosa.

Somos seres racionales, y como tales contamos con un enorme poder: decidir. Tenemos aquí y ahora la posibilidad de cambiar nuestro mundo, nuestro camino. ¿No te gusta tu trabajo? Búscate otro o trata de darle un nuevo enfoque para hacerlo más agradable mientras encuentras algo mejor. ¿No te sientes satisfecho con tu pareja? Siempre puedes terminar esa relación, estar atrapado ahí no te hace bien ni a ti ni a la otra persona. ¿Estás pasado de peso? Nunca es tarde para comenzar a hacer ejercicio y tener una dieta más saludable, ¿no crees? Y puedes hacer lo mismo con casi todos los aspectos de tu vida. Tienes la posibilidad de cambiarlos si lo decides.

En su mayoría, los distintos ámbitos de nuestra vida son responsabilidad de nosotros mismos. Dejarse llevar por la corriente, seguir al pie de la letra los consejos u órdenes de otros o simplemente “ser quedado”, es decidir de forma consciente o inconsciente que los demás o las circunstancias tomen las riendas de nuestro camino. Así, inevitablemente llegaremos a cuestionarnos todo y caer en un hoyo del que muchos no pueden salir.

Mira tu vida. ¿Te gusta? Si tu respuesta es “no”, no está todo perdido. Puedes cambiarla cuando quieras, la decisión está en tus manos. La responsabilidad de asumir el control de las cosas es completamente tuya. Suena difícil, pero tiene una gran recompensa: tu felicidad.

Publicado originalmente en Publimetro Chile.

jueves, 15 de agosto de 2013

Relaciones Honestas

Todos vivimos en una sociedad y estamos constantemente rodeados de gente, con quienes establecemos distintos tipos de relaciones. Vecinos, compañeros de trabajo o estudio, amigos y pareja. Estas relaciones cotidianas definen nuestro día a día y nuestro pasar por el mundo, por lo que son muy importantes.

Las relaciones son organismos vivos que se alimentan de las personas que la componen. Si son mal alimentadas pueden decaer y enfermarse, contagiándonos de paso. Aquí surgen las llamadas “relaciones tóxicas”; vínculos negativos que muchas veces no tienen solución y están condenados a morir, pero que por distintas motivaciones dejamos agonizar por largo tiempo, desgastándonos y sufriendo en el proceso.

Una de las relaciones tóxicas más típica es la de pareja. Es muy fácil dejarse arrastrar a una situación perjudicial para nosotros en este contexto, ya que es innegable que el amor (o algo similar, en ciertos casos) nos ciega. Mezclar los sentimientos y generar imágenes distorsionadas de la otra persona en nuestra mente crea la combinación perfecta para el desastre. Todo es “mágico” al principio, pero al avanzar el tiempo salen a relucir los problemas. Lo lógico sería en este caso tratar de solucionar los conflictos o simplemente cortar el vínculo, pero esta decisión se prolonga con la esperanza de que el otro cambie y todo vuelva a ser tan bueno como al principio; todo esto reforzado por el miedo a la soledad y grandes dosis de baja autoestima.

Otro caso muy frecuente es el de las amistades tóxicas. De características muy similares a la anterior, estas relaciones se caracterizan por una evasión constante de la realidad. Frases del tipo “hemos sido amigos toda la vida” nublan nuestra visión. Porque tener ciertos momentos agradables puede borrar de una vez muchos más eventos o situaciones desagradables. Dicen que los amigos son la familia que elegimos, y a la familia se la respeta y quiere sin importar nada, ¿no?

Si consideramos que una relación tóxica, más que sólo una mala anécdota, es una especie de tumor que nos roba energía y empeora nuestra calidad de vida; no deberíamos tener problemas en extirparla de nuestra existencia. Es ahí cuando la honestidad juega un rol fundamental. Debemos perder el miedo a la verdad y dejar de lado la afición de ocultar todo tras un velo de autoengaño. La gente no cambia y nuestra vida mejora mucho sacando de nuestro camino esas relaciones que no nos benefician. Porque, aunque suene un poco a cliché, es mejor estar solo que mal acompañado.

Publicado originalmente en Publimetro Chile.

Mentira

¿Por qué mentimos? Ya sea para evitar herir a alguien o para escapar de situaciones complicadas, mentir se ha convertido en una cosa más de las que hacemos diariamente, como comer, dormir y respirar. Pero, ¿alguna vez alguien se ha preguntado cuál es el efecto de esconder constantemente la verdad?

Como pasa con nuestra dieta y lo que comemos, las cosas que hacemos tienen un impacto en nuestra vida. Y todos estos comportamientos que aprendemos desde nuestra infancia nos van modelando de tal forma que ni siquiera nos damos cuenta. Está tan arraigado en nuestras mentes que lo aceptamos como parte de lo que somos. Noticia de último minuto: ¡no lo es!

Cuando empiezas a envejecer te comienzas a sentir raro. Una pequeña voz enterrada al fondo de tu cabeza te grita desde la oscuridad. La mayoría de la gente ignora esta advertencia y sigue viviendo de la forma que lo han hecho hasta ahora, incluso si este extraño evento se produce más de una vez en el transcurso de sus vidas. Es más fácil, al parecer, ignorarlo. ¿Pero qué pasa si no quieres hacerlo? ¡Pues deja de mentir!

Puede sonar imposible, pero se puede vivir sin mentir. “¿Cuáles son los beneficios de esto?”, te preguntarás. Bueno, al principio puede tener algunas contraindicaciones que te harán dudar de tu decisión. Luego te das cuenta que es posible y que tiene varias recompensas. La primera (y más importante) es que esta vocecita que te molestaba no lo hará más. Y no es porque desaparece: se convierte en ti. Porque, verás, esta voz es en realidad tú. Sí, tú. Mentirle a los demás es engañarte a ti mismo, y cuando ya lo has hecho muchas veces, te pierdes. Claro, de vez en cuando despiertas de tu parálisis y tratas de escapar de la tumba en la que te enterraste a ti mismo dentro de tu cerebro, pero es mucho más fácil seguir funcionando de la forma que lo habías estado haciendo hasta ahora... ¿o no?

Yo hace un rato que dejé de mentir. Es muy difícil hacerlo por completo porque es una convención social y, de vez en cuando, un poco necesario. Pero cuando tienes éxito, comienzas a notar cambios de inmediato. Te sientes más cómodo contigo mismo, porque ahora sabes quién eres, y tus interacciones sociales se vuelven más saludables. Dejas de lado gente y relaciones que no eran buenas para ti, y abandonas toda clase de malos hábitos. Y, aunque no lo creas, te empiezas a sentir mejor. Es más, comienzas a sentir de verdad. Porque mentir para vivir no es más que vivir una mentira. ¿Quieres vivir una mentira? Entonces anda al cine. ¿Quieres sentirte bien? La honestidad es el secreto.

Publicado originalmente en Publimetro Chile.

viernes, 9 de agosto de 2013

¡Publicado nuevamente!

Ya había pasado un buen rato desde la última vez que fui publicado en un medio online. Este martes, la traducción de mi columna Lying fue publicada en Publimetro Chile. Estoy orgulloso, si hasta me veo bonito en la foto. Espero que no sea la última vez. Aquí el link: http://www.publimetro.cl/nota/yo-opino/eduardo-hernandez-mentira/xIQmhf!ycuCyBbAOcfKM/



PD: de hecho, si entran a Publimetro hoy mismo, verán que sigo apareciendo entre los columnistas.